Ella sonrió apenas.
—Mañana tienes vuelo, ¿no?
—A Guadalajara. A las 7.
Valeria asintió demasiado rápido.
—Entonces duerme temprano.
Esa frase, que antes sonaba a cuidado, esa noche sonó a prisa.
Santiago subió sin reclamar.
No gritó.
No azotó puertas.
No despertó a los niños.
Porque en ese momento entendió que hacer un escándalo solo le daría tiempo a Valeria para borrar pruebas, inventar versiones y convertirlo a él en el loco de la historia.
Entró al clóset.
Abrió cajones.
No sabía qué buscaba.
Quizá quería descubrir que Mateo se había confundido.
Pero la verdad apareció rápido.
Un reloj de hombre que no era suyo.
Un cargador de celular diferente.
Un ticket de un restaurante en Polanco, fechado justo el día que Santiago estuvo en Monterrey.
Y al fondo, envuelta en papel de regalo, una camisa negra talla grande.
Santiago no usaba esa talla.
Se sentó en la cama.
Miró su lado.
Luego miró el lado de Valeria.
La rabia le subió caliente al pecho, pero la tragó.
Al día siguiente fingió normalidad.
Desayunó con los niños.
Le dio a Mateo un carrito que había comprado en el aeropuerto.
Besó a Lucía.
Valeria preparaba café, maquillada desde temprano, con el celular boca abajo junto a la licuadora.
—¿A qué hora te vas? —preguntó.
—A las 5 salgo al aeropuerto.
—No se te vaya a hacer tarde.
Santiago la miró.
Por primera vez no vio preocupación.
Vio entusiasmo.
A mediodía llamó a su jefe.
—No voy a viajar. Tengo una emergencia familiar.
Canceló el vuelo.
No le dijo a nadie.
A las 5 metió la maleta al coche como siempre.
Valeria lo despidió en la puerta con un abrazo rápido.
—Cuídate, amor.
—Tú también.
Santiago manejó hasta la avenida principal.
Dio vuelta.
Se estacionó 2 calles abajo, frente a una papelería cerrada, desde donde podía ver la entrada de su casa sin ser visto.
Esperó.
Una hora.
Luego otra.
A las 8:17 de la noche, un coche negro se detuvo frente al portón.
Valeria salió antes de que tocaran.
Llevaba el vestido verde que, según ella, ya no usaba porque era “demasiado llamativo”.
El hombre bajó con una botella de vino en la mano.
Alto.
Seguro.
Sonriendo como dueño.
Valeria lo besó en la boca, ahí mismo, bajo la lámpara que Santiago había instalado un domingo con Mateo.
Después entraron juntos a la casa.
El celular de Santiago vibró.
Era un mensaje de Valeria.
“¿Ya llegaste al hotel, amor?”
Santiago levantó la vista.
La luz de su recámara acababa de encenderse.
Y detrás de la cortina, 2 sombras comenzaron a acercarse como si nada en el mundo pudiera detenerlas.
PARTE 2
Santiago no bajó del coche.
No gritó.
No golpeó el volante.
Solo tomó fotos.
Del coche negro.
De las placas.
De la hora.
De la fachada de su casa.
De la ventana iluminada de su recámara.
Sabía perfectamente que en México, si uno llega sin pruebas, la verdad se vuelve chisme.
Y él no iba a permitir que Valeria se hiciera la víctima frente a sus hijos, frente a su familia o frente a un juez.
A las 9:30 se apagó la luz de la sala.
A las 10 se apagó la cocina.
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