Mason, a sus quince años, heredó la estatura de su padre, pero no su bravuconería. Era un chico de carácter apacible y de largos silencios. Mientras otros chicos de su edad se perdían en mundos digitales o en deportes universitarios, Mason se refugiaba en la mesa de la cocina con aguja e hilo. Mi madre me había enseñado a coser, y yo se lo transmití cuando era pequeño, sin imaginar jamás que se convertiría en su salvación.
El mundo, cruel como suele ser con los chicos buenos, se burlaba de él por eso. Lo llamaban “trabajo de abuela”. Mason nunca protestó. Simplemente bajó la cabeza, con las manos firmes y la mirada atenta, y siguió cosiendo.
Unas semanas después del funeral, empezaron las desapariciones. Al principio, no me di cuenta. Luego, comprendí que el armario de Ethan se estaba vaciando. Sus camisas de pesca favoritas, sus viejas camisetas de maratón, incluso sus polos del uniforme estaban desapareciendo. Una noche encontré a Mason encorvado sobre la máquina, con un hilo entre los dientes.
—¿Qué estás cocinando, cariño? —pregunté con voz temblorosa.
Levantó la vista, con los ojos enrojecidos. —Mamá, me aseguraré de que no se quede en la oscuridad. Me aseguraré de que siga teniendo algo que hacer.