—Estoy embarazada.
Sentí que el piso se movía. No porque me importara ella, sino porque entendí de inmediato la jugada.
—Felicidades —dije—. Déselo al papá.
—Es de Ricardo. Nos vamos a casar.
Yo reí. Una risa seca, amarga.
—Qué romántico. Mi esposo y mi hermana jugando a la familia perfecta.
—Yo no te lo robe. Él me ama.
—Entonces llévatelo lejos de mí y de mi hija.
Apagué la cámara.
Esa tarde me senté en la cocina con una taza de café que se enfrió intacta. Camila estaba embarazada. Ricardo se casaría con ella. Mis padres, lo sabía, convertirían aquello en una historia de perdón, de “Dios escribe derecho sobre líneas torcidas”, de “hay que pensar en el bebé”.
Pero había un detalle que ellos no sabían que yo sabía.
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