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Mi esposa dijo que ninguna mujer me querría. Entonces le presenté a mi prometida y…

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Clara se quedó congelada en el vestíbulo como si alguien hubiera entrado en su vida y hubiera hecho una pausa.

Por un segundo, pensó sinceramente que sus ojos le jugaban una mala pasada, como si la escena frente a ella fuera un mal reflejo en las paredes de cristal de la casa que amaba más que a nada. Ethan estaba en la puerta con una mujer a su lado, y los dos se veían... bien. No como Clara quería. Como se ve la realidad cuando por fin deja de complacer tus fantasías.

La mujer era elegante sin pretensiones. Sin etiquetas llamativas, sin un brillo desesperado. Llevaba un sencillo traje negro, el pelo recogido hacia atrás y una postura serena. Su mano descansaba suavemente sobre el brazo de Ethan, no como una afirmación, sino con una tranquila seguridad, como si no necesitara demostrarle nada a nadie. Como si supiera exactamente a quién tenía a su lado.

Ethan, su marido, su predecible Ethan, se aclaró la garganta.

—Clara —dijo con dulzura—, me gustaría presentarte a Sophia. Es mi prometida.

Novia.

La palabra flotó en el aire como una nota equivocada en una canción que Clara había compuesto durante años. Sintió un vuelco en el estómago, como si el mármol bajo sus pies se hubiera movido un milímetro y su cuerpo lo supiera antes que su mente: algo estructural acababa de resquebrajarse.

Durante diez años, Clara había tratado a Ethan como un mueble confiable. Una silla robusta que siempre aparecía, siempre aguantaba el peso y nunca llamaba la atención. Su trabajo como analista financiero sénior era respetable. Estable. El tipo de palabra que Clara usaba con una sonrisa que sonaba a elogio y parecía una condena.

«Ethan es tan estable», decía en las cenas, como si la estabilidad fuera una peculiaridad encantadora. Pero para Clara, estable significaba seguridad. Seguridad significaba aburrimiento. Aburrimiento significaba invisibilidad.

Y Ethan había aceptado el papel porque era más fácil ser subestimado que pelear con personas que no querían verte en primer lugar.

Clara no sabía que había pasado una década humillando al hombre que, en silencio, guardaba el secreto de todo su mundo. No sabía que su silencio no era vacío, sino profundidad. Su paciencia no era debilidad, sino estrategia.

Ahora ella lo miró fijamente y sintió la primera y aterradora oleada de comprensión.

El arquitecto estaba a punto de demoler el edificio.

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