Esa frase tenía una dirección, tenía un olor, tenía la textura de un invierno antiguo.
El frío de la calle desapareció y en su lugar vino otra acera más sucia, más ruidosa, más dura, donde los pasos del mundo parecían siempre demasiado apresurados para ver quién estaba en el suelo.
años antes, Siomara había llegado a Nueva York con una maleta que parecía grande solo porque era todo lo que tenía.
Su inglés era corto, roto, lleno de miedo.
Conocía dos cosas a la perfección: trabajar y cocinar.
En México aprendió temprano que la comida no era solo sustento, era lenguaje, era abrigo, era una forma de decir te veo sin necesidad de palabras.
Empezó lavando platos en una cafetería cerca del metro, manos agrietadas, olor a detergente pegado a la piel.
Por la noche compartía un cuarto con otras dos mujeres en un apartamento estrecho en Sunset Park.
El dueño del edificio subía el alquiler cuando quería y nadie se quejaba en voz alta.
Qujarse en voz alta descubrió era un lujo.
Después de un año, cuando juntó lo suficiente para comprar un carrito usado y pagar un curso barato de higiene alimentaria, pensó que la vida por fin estaba tomando el tamaño adecuado.
Consiguió una licencia, no sin humillaciones, filas, papeles que no entendía del todo.
El primer día con el carrito fue como abrir una puerta para respirar.
Montó los cuencos, ajustó las tapas, encendió la plancha.
El olor del pollo sazonado con limón y chile salió como un anuncio de esperanza…
El olor atrajo primero a los trabajadores nocturnos, luego a los estudiantes, después a los que no tenían a dónde ir cuando el frío caía como una condena.
Fue una noche de invierno, de esas en que la nieve parece sucia incluso antes de tocar el suelo, cuando los vio por primera vez.
Tres niños.
No más de diez años.
Delgados hasta parecer hechos de sombra.
Compartían una chamarra rota como si fuera un tesoro.
Esperaban a unos metros, sin pedir, sin hablar, mirando el arroz como quien mira un hogar desde lejos.
Siomara los vio servir a todos menos a ellos.
No porque no quisiera, sino porque sabía lo que venía después:
las miradas, las multas, el miedo.
Cuando cerró el carrito, el más pequeño dio un paso adelante.
—¿Eso se tira? —preguntó señalando una bandeja casi llena.
Ella miró el arroz.
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