No porque no lo necesitara —el coche tosía como un viejo fumador y el banco me miraba con cara de pocos amigos— sino porque ese sobre pesaba más que los billetes. Pesaba como pesan las cosas que no sabes muy bien dónde colocar en tu vida sin que se rompan.
Guardé los tickets otra vez dentro. Los alisé, como había hecho ella. Y me descubrí repitiendo un gesto que no era mío.
Durante semanas seguí trabajando. Mismas rutas. Mismos bloques de pisos. Mismas puertas que se abrían lo justo para coger la bolsa sin mirarte a la cara. Pero algo había cambiado. Yo ya no era el mismo puntito en el mapa.
Empecé a fijarme.
En el hombre que pedía siempre comida para dos y comía solo.
En la chica que dejaba propina alta los lunes y nada los viernes.
En la madre que pedía pañales y cerveza en el mismo pedido, como pidiendo perdón por ambas cosas.
Y sin darme cuenta, cada vez que dejaba una bolsa en una puerta, pensaba: no sabes quién soy… pero tampoco sabes quién eres tú para mí.
Un martes por la tarde llevé el coche al taller.
—Has llegado justo —me dijo el mecánico—. Un mes más y te deja tirado en la carretera.
Asentí. Pensé en doña Carmen, en su abrigo dentro de casa, en ese “aquí seguimos” que decía Toby con la cola. Y pagué la reparación con parte del dinero. Solo parte. El resto seguía sin tener nombre.
Aquella noche no dormí bien. Soñé con puertas que no se abrían. Con timbres que sonaban y nadie respondía. Con una app que marcaba “entregado” cuando yo aún estaba fuera.
A la mañana siguiente tomé una decisión.
No fue heroica. Ni grande. Fue… lógica.
Volví al supermercado donde compraba los jueves. Pedí hablar con la encargada. Una mujer de unos cincuenta, pelo recogido, mirada rápida de las que han aprendido a no perder tiempo.
—Trabajo repartiendo —le dije—. Y quiero proponerle algo.
Me miró con desconfianza. Normal.
Le conté la historia. No toda. No con nombres. Pero lo suficiente. Hablé de personas que no piden ayuda. De errores útiles. De comida que no debería tirarse cuando alguien la necesita.
—¿Y qué ganas tú con esto? —preguntó al final.
Pensé en la carta. En los tickets. En el calor.
—Nada —dije—. Eso es lo bueno.
Suspiró. Se quedó pensando. Y luego, como quien toma una decisión pequeña que en realidad es enorme, asintió.
—Tenemos productos que no podemos vender pero que están bien. A veces los tiramos. Si tú… encuentras dónde llevarlos, yo no he visto nada.
No sonreí. Pero algo dentro de mí se recolocó.
Así empezó todo otra vez.
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