No como antes. No solo yo.
Empecé con dos casas. Luego cuatro. Luego siete. Personas mayores, solas, orgullosas. Gente que no necesitaba limosna, sino una grieta digna por la que dejar pasar la ayuda.
El “sistema fallaba”.
Las “apps se equivocaban”.
La “ruta venía rara hoy”.
Nunca dinero. Nunca palabras grandes. Solo bolsas que pesaban un poco más de lo esperado.
Y siempre, siempre, una salida honrosa.
Un día, al llegar a casa, encontré una nota en el parabrisas.
Gracias por el pan. No hacía falta, pero se agradece.
No había nombre. Solo una letra temblorosa.
Otro día, una mandarina metida en el bolsillo de mi chaqueta cuando no miraba.
—Para el camino —me dijo una mujer—. No vaya a ser que el sistema también falle ahí.
Me reí. Ella también.
Una tarde, meses después, me llamaron del despacho de abogados otra vez. Pensé que había algún problema.
No lo había.
—Queríamos informarle —dijo la voz al teléfono— de que el perro de doña Carmen está bien. El hijo preguntó por usted. Dice que Toby se sienta cada jueves junto a la puerta a la misma hora.
Tuve que parar el coche.
Respiré hondo.
—Gracias —dije—. De verdad.
Colgué y me quedé un rato mirando al frente. No estaba triste. Era otra cosa. Era… continuidad. Como si algo no se hubiera roto del todo.
Con el tiempo, alguien escribió sobre “repartidores solidarios”. Salió un artículo pequeño, escondido entre noticias grandes. Nunca di mi nombre. No hacía falta. Esto no iba de reconocimiento. Iba de transmisión.
Otros repartidores empezaron a hacer lo mismo. Cada uno a su manera. Cada uno con sus “errores”.
Un día, un chaval nuevo me preguntó:
—Oye, ¿tú crees que se nota cuando ayudas?
Pensé en doña Carmen. En su barbilla alta. En su carta.
—No —le dije—. Y esa es la idea.
Pasaron los años.
Ya no reparto. Encontré otro trabajo. Menos horas. Más estabilidad. El coche, arreglado, sigue andando. A veces hace ruidos, pero yo también.
Guardo la carta en un cajón. No la releo mucho. No porque duela, sino porque ya está escrita dentro.
A veces, los jueves, compro un pollo asado.
No siempre tengo hambre. Pero me acuerdo.
Y cuando alguien me dice que el mundo está roto, que somos números, que nadie mira a nadie… pienso en una anciana, un perro viejo, dos euros limpios y una mentira cuidadosamente diseñada para no herir.
Y entonces respondo:
—No estamos tan solos.
Solo tenemos que aprender a tocar el timbre… de la forma correcta.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»