—¡Señora Hortensia! ¿Qué hace de pastel? Ya llegó su alta, pero tienen que traerla en silla de ruedas.
Levante la mano. No para despreciarla, sino para detener al mundo.
—No necesito silla. Y mi familia no ha llegado ni va a llegar.
Ella abrió la boca, luego la cerró. Me vio bien. Creo que entendió que a veces una mujer sale caminando del hospital no porque tenga fuerzas, sino porque se quedó sin permisos para derrumbarse.
Atravesé el pasillo con una mano en el bolso y la otra presionando el pecho debajo de la blusa. Los guardias de la planta baja me miraron con duda, pero no dijeron nada. Crucé las puertas automáticas y el aire caliente de la calle me toca la cara como una bofetada bendita. Me supo un humo, una gasolina, una ciudad viva. Levanté el brazo y paré un taxi.
El muchacho del volante se bajó para ayudarme a entrar.
—¿A su casa, doña? —preguntó cuando arrancamos.
Toque la libreta verde dentro del bolso. Sonreí una sonrisa que ya no tenía nada de maternal.
—No, mijo. A mi casa no. Lléveme a la notaría número ocho. Tengo unas cuentas pendientes que corregir.
El trayecto fue un rosario de dolores. Cada bache me sacudía los huesos como si el alambre con que me habían cerrado el pecho todavía estaba flojo. Me aferré a la manija de la puerta y apreté los dientes. El taxista me miraba por el espejo con cara de “esta señora se me va a morir aquí mismo”. Pero no. La muerte ya había hecho su intento. Ahora me tocaba a mí ajustar cuentas con los vivos.
La notaría número ocho estaba en un edificio gris, serio, de puertas pesadas. Empujarlas fue mi primer triunfo físico de ese día. La recepcionista, una muchacha de uñas rojas y cabello recogido, se levantó alarmada apenas me vio entrar pálida, encorvada y con la ropa de veinte días de hospital.
—Señora, ¿quiere que llame una ambulancia?
—No quiero ambulancia. Quiero ver al licenciado Morales. Dígale que Hortensia, la de la ferretería El Tornillo, necesita hablar con él ahorita.
—No tiene cita…
—Dígale que si no me atiende en tres minutos, me llevo mis propiedades con la notaria de enfrente.
La muchacha tragó saliva y desapareció por el pasillo. Regresó menos de un minuto después seguido por Morales, con menos pelo, más barriga y los mismos ojos vivos de zorro viejo que yo recordaba. Apenas me vio, se le borró el color.
—Por Dios, Hortensia —dijo acercándose—. Ernesto me dijo que estabas muy grave. Que casi no salías. Me aseguré que ustedes se estaban turnando en el hospital.
Me salió una risa seca que me rasgó el pecho.
—Ernesto siempre fue bueno para los cuentos. Llévame a tu oficina.
Me ofreció el brazo. Lo tomé lo justo para no caerme. Ya sentada frente a su escritorio, saqué la libreta verde y la planta sobre la madera con un golpe firme.
—Abre la computadora, Morales. Vamos a destruir un documento ya levantar otro. Hoy.
Morales me miró con cautela de abogado.
—Acabas de salir de una cirugía mayor. Ernesto podría alegar que no estás en condiciones de tomar decisiones legales.
—Precisamente por eso vamos a dejarlo sin aire —contesté—. Hoy quiero un testamento que resista hasta la maldad de mis propios hijos.
Abra la libreta por las páginas centrales.
—Primero: la casa de la colonia Vista Hermosa. Ya no se divide entre nadie. Quiero que pase a un fideicomiso a nombre del Hospital General. Que la renta o la venta de esa propiedad financie al personal de enfermería del área de cardiología. Bonos, equipo, descanso, lo que más necesiten. Que lleve mi nombre si es necesario para amarrarlo bien.
Morales dejó de parpadear. Pero empezó a teclear.
—Segundo: el local de la ferretería y el terreno de la esquina se lo heredo en vida a don Ramón. Con cláusula blindada de usufructo y protección total para que mis hijos no puedan quitárselo ni con amenazas ni con engaños. Ese hombre trabajó conmigo treinta años sin robarme un tornillo. Él sí se ganó esos ladrillos.
—Hortensia… —murmuró Morales—. Esto les va a caer como dinamita.
—Que les caiga. Sigo.
Pasé la página.
—Tercero: el dinero en banco, inversiones, cajas de seguridad y todo lo que yo tenga líquido o movible se concentra en una cuenta a mi nombre exclusivo, administrada por una firma externa. Quiero pagar mi recuperación, mi vida y mis gustos hasta el último peso. Lo que sobre cuando yo me muera, si sobra, se va al orfanato de San Juan.
Morales se quitó las lentes y me observó como si en vez de tener frente a él a una viuda recién salida del hospital teniendo una tormenta con falda.
—Y a tus hijos ¿qué les dejas?
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