PARTE 2
—No te acerques —susurró Valeria, retrocediendo hasta chocar con una columna—. ¿Quién eres?
El hombre levantó las manos, como si intentara calmar a un animal herido.
Sin la máscara, parecía de no más de treinta y dos años. Alto, de hombros rectos, rostro fuerte, barba recortada y una mirada demasiado limpia para pertenecer al hombre pesado y cansado con el que se había casado. Ya no había sudor, ni lentitud, ni voz quebrada. Solo un desconocido.
—Me llamo Julián Ferrer —dijo por fin—. Y sí, todo esto te va a sonar como una locura.
Valeria sintió rabia antes que miedo.
—¿Julián Ferrer? ¿El dueño del grupo Saldaña-Ferrer? ¿El que sale en todos lados hablando de inversiones y fundaciones?
Él asintió.
—Don Ramiro existe. Fue mi abuelo. Murió hace tres años. La empresa siguió usando su imagen como símbolo. Yo… usé su identidad por otra razón.
Valeria soltó una risa amarga.
—¿Para burlarte de mí?
—No.
—¿Entonces para qué? ¿Para ver qué tan barato se compra a una mujer pobre?
Eso sí le dolió. Se notó en su cara.
Julián bajó la mirada un instante antes de responder:
—Porque ya no sabía en quién confiar.
Le contó todo de pie, bajo el corredor, mientras el viento empujaba el olor de la tierra mojada. Durante años, todas las mujeres que se acercaron a él sabían perfectamente quién era. Algunas fingían amor. Otras fingían humildad. Todas querían algo. Su apellido, sus contactos, su fortuna, su posición. Había vivido rodeado de sonrisas ensayadas y promesas vacías.
Entonces diseñó una prueba absurda. Enferma, incluso. Quiso presentarse como un hombre que nadie elegiría por vanidad: viejo, incómodo, sin encanto. Alguien a quien solo aceptaría una mujer con verdadera necesidad… o con verdadero corazón.
—Y cuando te vi con tu mamá en la clínica —dijo—, cuando te escuché discutir con el doctor porque no querías que la humillaran por no poder pagar… supe que eras distinta.
Valeria sintió que las piernas le temblaban.
—¿Me investigaste?
—Sí.
—¿Mandaste gente a seguirme?
—Solo para asegurarme de quién eras y de que no estabas siendo obligada por nadie más.
—Eso no lo mejora —espetó ella—. Lo empeora.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez no eran de impotencia. Eran de humillación.
—Yo acepté por dinero —dijo, con la voz quebrada—. No por bondad. No por amor. Acepté porque mi mamá se estaba muriendo y porque mi hermano iba a dejar la escuela. ¿Sabes lo que se siente escuchar a tu familia decirte que te cases con un extraño como si fuera la única salida?
Julián dio un paso hacia ella.
—Sí sé que te vi sacrificarte por ellos.
—¡No! —gritó—. Tú viste una escena. No viste lo que me pasa por dentro. Yo no soy la mujer noble que imaginaste. Soy una mujer desesperada que se vendió.
Por primera vez desde que lo había conocido, él pareció no tener una respuesta preparada.
—Valeria…
—No me llames así como si me conocieras.
Corrió hasta su habitación, cerró con seguro y se pasó la madrugada entera llorando sentada en el piso. A la mañana siguiente mandó llamar a su madre, pero no le contó la verdad completa. ¿Cómo explicar que el anciano con el que se casó no era anciano, que en realidad era un hombre joven y poderoso que había convertido su pobreza en una prueba moral?
Pasaron algunos días de tensión insoportable dentro de la hacienda. Julián no insistió. No volvió a buscarla a solas. Le dejó su espacio. Eso, de alguna manera, la hizo sentirse peor.
Una semana después, Valeria se fue.
Dejó el vestido, las joyas, la tarjeta negra y hasta el teléfono que le habían dado. Rentó un pequeño cuarto en la ciudad, consiguió trabajo en una papelería y decidió empezar desde cero. Quería volver a sentir que algo en su vida le pertenecía.
Entonces, una tarde, un hombre trajeado llegó al local y le entregó un sobre color marfil.
Adentro solo había una carta.
“Valeria:
No necesito una mujer perfecta ni una historia limpia. Necesito a alguien capaz de sentir, incluso cuando se equivoca. El próximo domingo estaré en la iglesia donde nos casamos. No como Don Ramiro. Como Julián. Sin máscaras. Sin pruebas. Si no vienes, lo entenderé y no volveré a buscarte.”
Ella leyó la última línea tres veces.
Y cuando levantó la vista, supo que la decisión que tomara ese domingo iba a romperle el corazón… o devolvérselo para siempre.
PARTE 3
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