Parte 2: El precio
Las luces de la UCI le quemaban los párpados.
Jessica estuvo entrando y saliendo de la consciencia durante lo que parecieron años. Las máquinas emitían pitidos. Un respirador silbaba. Le dolía el pecho. Sentía la cabeza como si se le hubiera abierto. No podía mover el brazo izquierdo. La habitación apestaba a lejía y yodo.
Entonces, las voces rompieron el silencio de la niebla.
“No tenemos tiempo para esto, doctor.”
Su madre.
Jessica abrió los ojos lo suficiente como para ver a Evelyn de pie al pie de la cama, con un vestido tropical brillante, la piel aún bronceada por sus vacaciones en las Bahamas, un reloj de oro en la muñeca y la impaciencia reflejada en cada gesto de su cuerpo. David, el padre de Jessica, estaba a su lado, con la mirada fija en el suelo.
El neurocirujano sostenía la historia clínica con tanta fuerza que el papel se dobló.
“Su hija sufrió un derrame cerebral hemorrágico catastrófico”, dijo. “Además, tiene una complicación grave en la válvula mitral. Necesita cirugía cardíaca de urgencia antes de que podamos estabilizarla por completo. Si no la operamos, podría sufrir un paro cardíaco”.
—Entonces, operen —espetó Evelyn—. Ella tiene seguro.
“Este caso no está dentro de la red de mi seguro y requiere un equipo especializado”, dijo el médico. “El hospital necesita un depósito de 142.000 dólares ahora mismo. Necesitamos conseguir los fondos hoy mismo”.
Evelyn se echó a reír.
—¿Ciento cuarenta y dos mil dólares? —Agarró el asa de su maleta—. No voy a gastar el dinero de la boda de Valerie ni a tocar las cuentas de jubilación por algo que probablemente el seguro cubrirá más adelante. Jessica es joven. Es fuerte. Sobrevivirá al episodio. Dale la medicación.
“Señora, podría morir.”
—Tenemos que irnos, David —dijo Evelyn, ignorándolo—. El coche nos está esperando. El vuelo de vuelta a Nassau no es reembolsable. Valerie está histérica con lo de las flores.
Jessica yacía allí, completamente consciente, atrapada en un cuerpo que no le respondía. Las lágrimas resbalaban por su cabello.
Sus padres se dieron la vuelta y se marcharon.
Sin disculpas. Sin vacilación. Sin ponerle la mano encima. Solo ruedas de maleta, perfume y la cruda realidad de que su vida había sido valorada y considerada demasiado cara.
El monitor cardíaco que estaba a su lado se descontroló.
El estrés la golpeó como un puñetazo. La imagen en la pantalla se volvió irregular. Las alarmas sonaron. El personal gritó. La habitación se puso en constante movimiento.
Luego la línea plana.
Todo se puso negro.
Un médico se acercó al carro de reanimación.
Y antes de que pudiera dar por terminada la cita, la puerta de la UCI se abrió y entró un hombre con un traje impecable que portaba una tarjeta de crédito de titanio negro.
