Los platos los limpié uno por uno bajo el chorro de agua de la llave que apenas servía. Algunos estaban tan podridos que solo los rompí contra el suelo y los tiré hechos astillas. No estaba para lavar platos ajenos, estaba para transformar ese lugar.
El nido de la esquina me dio miedo, no voy a mentir. Llamé a mi vecino Don Aurelio, que tiene como veinte años arreglando cosas en el vecindario, y vino con una pala larga y una cara muy seria.
—Esto es de mapache —me dijo.
—¿Qué? ¿Aquí en la ciudad?
—Mija, los mapaches viven en todas partes.
Lo sacó con la pala, lo metió en una bolsa especial, y se fue. Yo me quedé parada mirando el hueco donde estaba y juro que me dio escalofríos durante dos días.
Las telarañas fueron lo siguiente. Me compré una escoba larga, la más larga que encontré, y empecé a bajerlas del techo. Caían como telas de fantasma encima de mi cabeza, en mis hombros, en todo. Me puse un pañuelo en la cara y un sombrero de Don Aurelio para cubrirme el pelo.
Tardé medio día solo en las telarañas.
Las paredes estaban tan manchadas que no había ninguna forma de limpiarlas. Yo lavé, tallé, intenté todo. Y al final de la primera semana, paré, fui a la ferretería, compré cuatro botes de pintura naranja —el color que más me gustaba— y decidí taparlo todo.
Capa sobre capa, mano sobre mano, pared por pared. Cuando terminé, era como si el cuarto hubiera nacido de nuevo.
—
El piso lo dejé para el final.
Estaba tan cochino que tuve que tallarlo de rodillas con una cepillo duro y agua con vinagre. Una parte estaba tan oscura que pensé que era parte del piso. No lo era. Era una mancha gigante que tardó tres días en salir. Cuando finalmente quedó limpio, vi que debajo era un piso de madera que todavía tenía vida.
Tres semanas. Tres semanas de arrastrándome, sudando, llenando bolsas, lidiando con bichos y olores que no debían existir.
Pero cuando terminé y me paré en la puerta y lo miré todo, me salió una sonrisa que no podía controlar.
—
Un mes después, el local brillaba. Las paredes naranja encendían el lugar como si fuera un rincón cálido en una calle gris. Un mostrador nuevo que compré de segunda mano pero que lo dejé impecable. Las mesas ordenadas, con manteles de plástico rojo y blanco. Música que se escuchaba hasta la esquina. Vendía tacos, refrescos, agua fresca, y yo me reía con los clientes todo el día.
Era mío. Lo transformé con mis propias manos, una bolsa de basura a la vez.
Era real.
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