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Mamá me dió un local sucio para vender, cuando prosperó quiso dárselo a mi hermana.

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Y justo cuando el negocio empezó a florecer, mamá apareció un jueves por la tarde con esa sonrisa que yo ya conocía demasiado bien. Se sentó en una mesa, pidió un agua, y después de un rato me llamó con la mano.
—Oye, mija… ¿No estarías de acuerdo en que tu hermana se lo llevara? Ella también necesita un lugar para trabajar.
Me quedé helada. Solo la miré.
—El mismo local que me diste sucio, el mismo que yo limpié, que pinté, que convertí en algo real… ¿ese, mamá?
—Bueno, sí. Es que ella no tiene…
—No. —Le dije con calma, pero firme.— Gracias por el local sucio. En serio. Pero este ya no es un local sucio. Este es mío.
Mamá me miró un momento, se tomó su agua, y se fue sin decir nada más.

Me fui esa misma semana. Busqué otro espacio, más pequeño, más caro, pero mío de verdad. Nadie iba a poder pedirlo.
En esa nueva esquina abrí otra cosa: un lugar donde venden las mejores tortas del barrio y donde la gente entra a reírse, a cotillear, a perder un rato entre risas y café. Lo llamé “El Humorjaja”.
Y sí, mamá sigue visitándolo de tiempo en tiempo. Se sienta en la mesa de la esquina, se toma un agua, y sonríe.
Y yo le cobro lo que vale.

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