Me llamó un martes por la mañana, como siempre hacía cuando necesitaba algo.
—Mija, tengo un local libre por allá en la calle Quinta. Está sucio, abandonado, pero es tuyo si lo quieres.
Lo sucio fue poco.
Cuando fui a verlo, casi salí corriendo por la puerta. Había basura acumulada desde quién sabe cuándo: bolsas rotas, cajas empapadas, platos viejos apilados como torres tambaleantes. En un rincón había una montaña de papel periódico amarillento que ya no era periódico, sino polvo. Las paredes estaban manchadas de un color que no sé a qué se le ocurrió pintar así, porque no era un color que exista en la naturaleza. Todo estaba cubierto de una capa gris, espesa, como si nadie hubiera entrado en años.
Y las cucarachas. Ay, las cucarachas. Del tamaño de mi pulgar, algunas más grandes que mi pulgar. Cuando encendí la luz, todas salieron corriendo como si yo fuera la intrusa.
Las telarañas parecían cortinas antiguas colgadas de techo a piso. En una esquina había un nido de algo, no sé qué, y no quise pensar en qué. El olor… no supe describirlo sin que me dé asco hasta el día de hoy. Era un olor denso, pesado, como si la basura se hubiera podrido y luego se hubiera podrido otra vez.
Pero yo lo miré todo, de arriba a abajo, y vi algo que otros no verían.
Vi potencial.
Y yo soy de esa gente que no deja pasar lo que tiene frente a los narices.
El primer día llegué con guantes de caucho hasta los codos, una máscara que me encontré en la ferretería, y una bolsa de basura del tamaño de un costal.
Empecé por las bolsas. Una por una las recogí del piso, sin mirar adentro, porque si miraba adentro no iba a poder terminar. Las cajas empapadas las aplasté con los pies y las metí en otra bolsa. El papel periódico lo barrí todo junto en un montón y lo sacré de ahí con una pala. Hice cuatro, cinco, seis viajes al contenedor de la calle. Me trajeron más bolsas los vecinos cuando me vieron trabajar.
—¡Ah, la nueva chica del local! —Me decían.—¿Necesitas ayuda?
—Sí, dame más bolsas.
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