PARTE 1
Marta Salgado tenía 58 años y vivía en una colonia tranquila de Guadalajara, en una casa color crema con rejas verdes, macetas de albahaca en la entrada y una Virgen de Guadalupe pegada junto a la puerta.
Esa casa no era grande.
Pero era suya.
La había pagado con años de vender comida en una primaria, lavar uniformes ajenos los fines de semana y guardar monedas en latas de galletas.
Marta no era una mujer cobarde.
Pero había aprendido a caminar despacito dentro de su propia casa para no despertar la furia de su hijo.
Su hijo se llamaba Iván y tenía 23 años.
De niño era tierno, pegajoso, de esos que lloraban si su mamá tardaba en recogerlo de la escuela. Le llevaba flores arrancadas del camellón y le decía:
—Son para ti, jefita, porque eres la más bonita.
Marta todavía guardaba una flor seca entre las páginas de una Biblia vieja.
Por eso le dolía tanto mirarlo ahora.
Iván había dejado la universidad en el 3 semestre. Luego lo corrieron de una taquería, después de una tienda de celulares y luego de un taller de motos.
Siempre tenía una explicación.
Que el patrón era un miserable.
Que los compañeros lo provocaban.
Que el sueldo era una burla.
Que nadie lo valoraba.
Marta al principio le creyó.
Después ya no.
Pero siguió dándole dinero.
$500 para “buscar trabajo”.
$800 para “pagar una deuda”.
$1000 porque, según él, “era urgente”.
Y cada vez que llegaba oliendo a cerveza, pateaba la puerta y aventaba la mochila contra la pared, Marta se repetía lo mismo:
“Es una etapa. Ya se le va a pasar”.
Una madre puede engañarse bien bonito cuando el amor le tapa los ojos.
Aquella noche, Marta llegó cansada de la escuela. Traía las rodillas hinchadas, el cabello húmedo por el calor y una bolsa con bolillos porque pensaba hacer tortas de frijol para cenar.
Ni siquiera alcanzó a cerrar bien la puerta cuando Iván apareció en el pasillo.
Tenía los ojos rojos.
La voz pesada.
—Dame $1000. Voy a salir con unos compas.
Marta dejó la bolsa sobre la mesa.
Lo miró.
Y por primera vez en mucho tiempo no bajó la cabeza.
—No.
Iván soltó una carcajada seca.
—¿Cómo que no, amá?
—Que no. Ya no voy a pagar tus borracheras, tus mentiras ni tus pleitos.
La casa se quedó quieta.
Se escuchaba el zumbido del refrigerador y una moto pasando lejos por la avenida.
Iván apretó la mandíbula.
—No empieces con tus dramas.
—No es drama, Iván. Es cansancio.
Él dio un paso hacia ella.
Marta sintió el cuerpo frío, pero no retrocedió.
—Esta también es mi casa —dijo él.
—No. Esta casa la pagué yo. Tú solo vienes a romperla.
La frase cayó como piedra.
Iván levantó la mano.
El golpe sonó seco.
Marta no cayó al piso.
No gritó.
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