PARTE 1
La mañana en la colonia Del Valle empezó con un inconfundible olor a perfume caro. No era el perfume de Mariana, sino la loción exacta que la amante de su esposo le había pedido por mensaje la noche anterior. Mariana observaba en silencio desde la barra de la cocina cómo Bruno se acomodaba frente al espejo del recibidor. Llevaba puesta esa camisa azul impecable que, según él, estaba reservada exclusivamente para “juntas directivas urgentes”. Se roció loción en el cuello. Luego en las muñecas. Luego, otra vez, en el pecho. Era demasiado esfuerzo estético para 1 lunes cualquiera, pero el disfraz perfecto para 1 hombre que llevaba 8 meses sin darse cuenta de que su propia esposa se había cambiado el color de cabello.
Mariana sostenía 1 pequeño frasco sobre la taza negra de cerámica, aquella que tenía grabado en letras doradas “El mejor esposo del mundo”. Qué fina ironía guardan a veces los objetos cotidianos. Vertió el laxante sin que le temblara el pulso. Esto no era 1 arranque emocional. Los impulsos duran 3 segundos; lo de Mariana llevaba cocinándose 8 meses. Meses de llamadas cortadas súbitamente, de pretextos baratos sobre el tráfico en Viaducto, de tickets de cenas lujosas en Polanco escondidos en los sacos, y del mensaje de WhatsApp que ella leyó a las 2 de la mañana mientras Bruno roncaba a su lado: “Te espero mañana. No olvides el perfume que me gusta”. Remitente: Carolina, la nueva secretaria de 26 años.
—¿Ese café es para mí? —preguntó Bruno entrando a la cocina, ajustándose el cinturón de piel con una prisa alegre que ya no le dedicaba a su matrimonio.
Mariana le extendió la taza con una sonrisa impecable.
—1 regalito para que empieces con fuerza la semana.
Él la miró con cierta extrañeza, pero bebió. 1 sorbo. 2 sorbos. 3 sorbos. Se terminó todo el contenido sin agradecer, ignorando por completo que esa mañana no era Mariana quien iba a tragarse algo amargo.
—¿Y a dónde vas tan arreglado? —preguntó ella, recargándose en la barra.
—Estrategia corporativa, clientes nuevos, ya sabes cómo es esto —respondió él, acercándose para darle 1 beso rápido en la frente. El típico y desapasionado beso del hombre infiel que ya tiene la cabeza en otra cama.
Bruno salió hacia la cochera. Mariana se quedó inmóvil. Esperó. 1 minuto. 3 minutos. 5 minutos. A los 10 minutos exactos, 1 grito gutural rebotó en las paredes de la casa.
—¡Maldita sea!
Mariana salió al porche fingiendo preocupación de esposa abnegada. Bruno venía doblado en 2, aferrándose el estómago, sudando frío y tratando de abrir la puerta como si su propio cuerpo lo hubiera traicionado.
—¡No llego, no llego al baño! —bramó, empujando la puerta principal con desesperación.
—¡El baño de arriba no, lo acabo de lavar con ácido muriático! —le gritó Mariana desde la escalera.
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