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Le avisé a mi vecina que somos siete y mi hermana nos cuida porque mamá nos dejó. Recuerdo perfectamente el día que le conté a mi vecina,

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ya no se sentía abandonada.

La señora Mercedes cumplió su palabra. Cada tarde, cuando salíamos de la escuela, ella estaba sentada frente a su casa en una vieja silla de madera, con el cabello blanco recogido y un abanico de plástico en la mano. Los gemelos corrían primero hacia su casa; Samuel era alzado en brazos como si fuera su nieto. Ana la ayudaba a lavar verduras y Jorge se encargaba, muy orgulloso, de subir a una silla para alcanzar las cosas altas. Yo hacía la tarea en la mesa redonda, escuchando a la señora Mercedes contar historias antiguas del barrio, de familias que fueron tan pobres que solo tenían arroz y sal, pero aun así lograron salir adelante juntas.

Lucía empezó a dormir un poco más. Solo un poco, pero lo suficiente para que las ojeras se le marcaran menos. Por las mañanas, en lugar de correr agotada y en silencio, preparaba las loncheras tarareando suavemente. Reconocí la canción: era la misma con la que mamá nos arrullaba de pequeños. Una vez la vi detenerse en medio de la cocina, con las manos temblorosas, pero respiró hondo, se secó los ojos y continuó. No porque hubiera olvidado a mamá, sino porque eligió no derrumbarse.

Una semana después, los trabajadores sociales regresaron

Esta vez no vieron solo a una chica de 18 años exhausta cuidando a siete niños. Vieron una cocina con comida caliente. Vieron vecinos entrando y saliendo. Vieron a la señora Mercedes tejiendo ropa para Samuel, a doña Rosa trayendo una bolsa de arroz, a don Manuel, el carpintero, ofreciéndose a arreglar nuestras literas gratis. Vieron un cuaderno donde Lucía anotaba todo con cuidado: horarios de escuela, comidas, citas médicas, cada ingreso y cada gasto.

—No negamos que la situación sea difícil —dijo uno de ellos, con un tono mucho más suave—, pero es evidente que aquí hay una red de apoyo.

Lucía me apretó la mano. La tenía helada.

—No soy perfecta —dijo, con la voz temblorosa pero firme—, pero aprendo cada día. Acepto toda la ayuda que sea necesaria, con tal de que mis hermanos se queden juntos.

Se miraron entre ellos. Luego, la mujer mayor asintió.

—Seguiremos supervisando el caso. Pero por ahora, los niños no serán separados.

No sé cómo logré respirar. Solo recuerdo a Ana rompiendo en llanto y a los gemelos abrazándose a Lucía como si soltarla significara perderlo todo.

El tiempo pasó. No fue un tiempo fácil ni color de rosa. Hubo días sin electricidad, noches en que Lucía volvió tarde del trabajo, momentos de pánico cuando Samuel tuvo fiebre alta. Pero ya no estábamos solos.

Yo empecé a ayudar más. Con 12 años aprendí a cocinar sopas sencillas, a cambiar pañales, a ayudar a Jorge con las matemáticas. Ya no era solo “el segundo hijo”. Era un hermano mayor. Y eso pesaba… pero también me llenaba de orgullo.

Lucía se inscribió en cursos matutinos para obtener un certificado técnico. La señora Mercedes cuidaba a los pequeños. A veces veía a mi hermana estudiar en la mesa, con la luz del sol iluminándole el rostro cansado pero decidido. Por primera vez desde que mamá se fue, el futuro dejó de parecer una pared sin salida.

Sobre mamá… hablábamos poco. Una vez Ana preguntó:

—¿Mamá se acuerda de nosotros?

Lucía guardó silencio durante mucho tiempo antes de responder:

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