—Tal vez sí. Tal vez no. Pero eso no cambia que nosotros sí nos tenemos los unos a los otros.
Nadie discutió. Aprendimos a vivir con preguntas sin respuesta.
Un año después, en el segundo cumpleaños de Samuel, hicimos una pequeña fiesta en el patio del barrio. No hubo pastel elegante, solo un bizcocho que horneó la señora Mercedes, algunos globos viejos y mucha gente. Los vecinos llegaron todos. Comieron, rieron y miraron a Lucía de una forma distinta a antes: ya no con lástima, sino con respeto.
Yo me quedé en un rincón observando a mis hermanos correr, a Lucía sosteniendo a Samuel mientras soplaba las velas, y entonces entendí algo que nunca había pensado: la familia no es solo quien te da la vida. La familia es quien se queda.
Esa noche, cuando todos se fueron, me senté con Lucía en la entrada de la casa.
—¿Te arrepientes? —le pregunté—. ¿De haberte quedado?
Lucía sonrió, cansada pero en paz.
—Hay días en los que tengo mucho miedo —admitió—, pero nunca me he arrepentido.
Me acarició la cabeza, como solía hacerlo mamá.
—No elegimos cómo empezar —dijo—, pero sí podemos elegir cómo seguir.
Miré al cielo. No tenía nada de especial. Solo estrellas comunes. Pero por primera vez en mucho tiempo, no pedí nada. Solo di gracias por seguir aquí. Juntos.
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