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Le avisé a mi vecina que somos siete y mi hermana nos cuida porque mamá nos dejó. Recuerdo perfectamente el día que le conté a mi vecina,

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la señora Mercedes. Estaba barriendo el frente de mi casa cuando ella pasó y me preguntó por mamá. —No está —le dije, tratando de sonar normal. —¿Y cuándo vuelve, mijo? Me quedé callado un momento, mirando la escoba entre mis manos. —No va a volver, señora Mercedes. Se fue… se fue con otro hombre. Está embarazada. Vi cómo su rostro cambiaba, cómo la sorpresa se mezclaba con la pena. Sentí vergüenza, pero también necesitaba decirlo, sacar todo lo que había estado guardando. —Somos siete hermanos —continué—. Mi hermana Lucía, la mayor, nos cuida ahora. Tiene 18 años. Yo tengo 12 y soy el segundo. Luego están Ana, Jorge, los gemelos Mateo y Sofía, y el bebé, Samuel. La señora Mercedes se sentó en el bordillo de la acera, como si las piernas ya no pudieran sostenerla. —Ay, Dios mío… ¿y tu hermana sola con todos ustedes? —Sí. Trabaja de noche limpiando oficinas y en el día nos cuida. Casi no duerme. Lo que más me dolía, lo que me parecía completamente injusto, era ver a Lucía con ojeras profundas, preparando loncheras a las cinco de la mañana, ayudando con tareas que no entendía, cambiando pañales, cocinando con lo poco que había. A veces la escuchaba llorar en el baño cuando creía que todos dormíamos. Entonces vino lo peor. Una asistente social apareció en la casa hace dos semanas. Alguien había llamado a servicios sociales. Dijeron que éramos demasiados para que una chica de 18 años nos cuidara sola, que no tenía los recursos, que lo mejor era “reubicar” a algunos de nosotros en hogares de acogida. Nunca había visto a Lucía tan furiosa. —¡NO! —les gritó—. ¡No van a separarnos! ¡Somos una familia! —Señorita, entienda que esto es por el bien de los niños… —¡Yo SOY lo que es bueno para ellos! —sus ojos estaban rojos, llenos de lágrimas de rabia y desesperación—. ¡Mamá nos abandonó, pero yo no lo voy a hacer! ¡Nunca! Los gemelos se abrazaban en el sofá, llorando sin entender todo pero sintiendo el miedo. Ana se aferraba a mi camisa. Yo intentaba ser fuerte, pero por dentro estaba aterrado. ¿Y si nos separaban? ¿Y si nunca volvía a ver a mis hermanos? Esa misma tarde, la señora Mercedes tocó nuestra puerta. Traía una olla de sancocho y una determinación en los ojos que no le había visto antes. —Lucía, mija —le dijo, tomando las manos de mi hermana—. Tengo 60 años, vivo sola desde que mi esposo murió, y esta casa al lado está demasiado silenciosa. Déjame ayudarte. Lucía intentó rechazarla por orgullo, pero la señora Mercedes no aceptó un no por respuesta. —No es caridad, es vecindad —insistió—. Los niños pueden venir a mi casa después de la escuela mientras tú trabajas. Yo cocino para ocho tan fácil como cocino para una. Y cuando vengan esos de servicios sociales, van a ver que no están solos, que hay una comunidad aquí. Por primera vez en semanas, vi a Lucía sonreír de verdad. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero eran diferentes. —Señora Mercedes, yo… no sé cómo pagarle… —Ya me pagarás siendo la mujer fuerte que sé que eres, y dejando que estos niños crezcan juntos, como debe ser.
Los días que siguieron, la pequeña casa ya no estuvo en silencio de esa forma aterradora. Seguía siendo pobre, seguía siendo estrecha, pero ahora había risas, sonidos de ollas y platos, y lo más importante:

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