Alejandro Velasco había intentado contactarla docenas de veces, suplicando, amenazando, llorando. Sofía nunca respondió. Los Velasco habían caído en desgracia social, devorados por sus propias deudas y escándalos, convirtiéndose en parias en el mismo círculo que antes lideraban. Pero a Sofía ya no le importaba su destino. Su indiferencia era su mayor venganza.
Miró las estrellas, brillando claras sobre el mar, y levantó su copa en un brindis silencioso hacia el cielo. —Gracias, papá —susurró—. Y feliz Navidad.
El sonido de las risas de los niños la llamó de vuelta a la mesa. Sofía sonrió, se dio la vuelta y caminó hacia la luz, hacia su familia, hacia su vida. Una vida que ya no era un cuento de hadas roto, sino una historia real, imperfecta y maravillosamente suya.
Porque al final, el verdadero regalo no fue la herencia. Fue descubrir que, incluso cuando te hacen sentir que no eres nadie, puedes ser el mundo entero para alguien que aún no conoces. Y que la dignidad no se firma ni se vende; se lleva dentro, y brilla más fuerte cuando sales de la oscuridad.
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