Sofía miró a Alejandro. Lo vio acercarse, vio el brillo de codicia en sus ojos, vio cómo Ginebra se escabullía hacia la salida, derrotada. Y entonces, algo dentro de ella, que había estado roto y sumiso durante años, se enderezó. Dio un paso atrás, esquivando el toque de Alejandro. Su mirada se secó. Ya no había lágrimas. —No —dijo Sofía. Fue una palabra simple, pero dicha con una fuerza que resonó en todo el salón. —¿Cariño? —insistió Alejandro. —He dicho que no. No hay “nosotros”, Alejandro. No hay “malentendido”. Hace diez minutos, me mirabas con asco mientras me echabas a la calle sin un céntimo. Hace diez minutos, yo era un estorbo. Ahora solo soy una cuenta bancaria con piernas para ti.
Se giró hacia Isabel, que parecía a punto de sufrir un infarto. —Y tú… tú que me llamaste “sin nombre”, que te burlaste de mi origen. Ahora sé quién soy. Soy Sofía Monteverde. Y no necesito vuestro apellido, ni vuestro dinero, ni vuestra falsa caridad.
Sofía se volvió hacia el notario. —Señor Beltrán, sácame de aquí, por favor. Quiero conocer a mi padre… o al menos, lo que queda de él.
El notario asintió con una sonrisa de respeto, le ofreció su brazo y, juntos, caminaron hacia la salida. Sofía no miró atrás. Dejó atrás el lujo decadente, las mentiras y a un marido que se había quedado con la boca abierta, viendo cómo tres mil millones de euros y, lo más importante, una mujer extraordinaria, salían por la puerta para no volver jamás.
Las semanas siguientes fueron un torbellino. Sofía se mudó temporalmente a un hotel mientras los abogados gestionaban la herencia. Visitó la tumba de Eduardo Monteverde y lloró horas enteras, hablándole a la lápida, agradeciéndole, contándole su vida. Leyó las cartas que él le había dejado, diarios llenos de amor y de la esperanza de encontrarla. Descubrió que su padre no era solo rico, sino un hombre sensible, amante del arte y la naturaleza, rasgos que ella siempre había tenido y no sabía de dónde venían.
Pero la mayor sorpresa llegó dos meses después. Los investigadores privados que trabajaban para el bufete encontraron un último cabo suelto. La madre de Sofía. Todos, incluido Eduardo, habían creído que ella había fallecido o desaparecido para siempre. Pero Lucía estaba viva. Vivía en un pequeño pueblo blanco de Andalucía, regentando una modesta floristería.
El miedo que Sofía sintió al conducir hacia el sur fue peor que el de la noche del divorcio. ¿Y si su madre no la quería? ¿Y si la rechazaba de nuevo? El encuentro tuvo lugar entre cubos de margaritas y rosas. Lucía era una mujer mayor, con el rostro marcado por el sol y la tristeza, pero cuando vio a Sofía entrar, supo quién era al instante. Los ojos eran los mismos. El abrazo que se dieron fue torpe al principio, lleno de dudas, y luego desesperado, lleno de lágrimas y de un perdón tácito. Lucía le explicó la vergüenza, la presión de la familia de Eduardo en aquel entonces, el miedo de ser una niña criando a otra niña, y cómo la decisión de entregarla la había perseguido cada día de su vida. Sofía, con la sabiduría que el dolor le había otorgado, decidió no juzgar. Decidió que la vida era demasiado corta para más rencores. Tenía una madre. Eso era lo único que importaba.
Un año después, la escena era muy diferente.
Era de nuevo Nochebuena, pero esta vez, la fiesta era en la antigua villa de Eduardo Monteverde, frente al Mediterráneo. No había vestidos de diseñador obligatorios ni prensa. No había champán de mil euros. Había una gran mesa larga en el jardín, bajo las estrellas, llena de comida casera. Estaba Lucía, riendo mientras servía su famoso guiso. Estaban los niños del orfanato donde Sofía había crecido, invitados especiales a pasar unas vacaciones de ensueño. Estaban sus antiguos compañeros profesores, a los que los Velasco habían intentado intimidar.
Y estaba Pablo. Pablo no era millonario. Era el arquitecto que Sofía había contratado para reformar el ala antigua de la casa y convertirla en una residencia para estudiantes sin recursos. Tenía las manos ásperas de trabajar, una sonrisa que le arrugaba los ojos y una honestidad brutal. A Pablo no le importaba el apellido Monteverde; le importaba que a Sofía le gustaba leer poesía en voz alta y que se le quemaban las tostadas por la mañana. La miraba como si ella fuera el único milagro en la habitación.
Sofía se apartó un momento del bullicio y caminó hacia la barandilla de la terraza. El mar susurraba abajo, oscuro y eterno. Pensó en la Sofía de hace un año, aquella chica temblorosa firmando su propia sentencia. Sintió compasión por ella, pero ya no la reconocía. Había aprendido que el dinero de su padre le había dado libertad, sí, pero no la felicidad. La felicidad la había construido ella misma: perdonando a su madre, ayudando a otros niños como ella, y permitiéndose amar a un hombre bueno sin miedo.
Sintió unos pasos detrás de ella. Pablo le pasó un brazo por la cintura y le dio un beso suave en la sien. —¿Todo bien? —preguntó él. —Mejor que bien —respondió Sofía, apoyando la cabeza en su hombro—. Estaba pensando en que, a veces, hay que perderlo todo para darse cuenta de que lo que tenías no valía nada, y que lo que mereces está esperando a la vuelta de la esquina.
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