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La obligaron a firmar el divorcio en plena Nochebuena por ser ‘pobre’. Pero cuando un notario irrumpió en la fiesta, descubrieron que habían cometido el error más caro de sus vidas.

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El notario se giró completamente hacia Sofía. Ella retrocedió un paso, asustada. ¿Qué tenía que ver ella con un multimillonario tecnológico? —¿Señora Sofía Martínez? —preguntó él, suavizando el tono. —Sí… soy yo. —Nacida el 15 de abril en el Hospital La Paz, y confiada al orfanato Santa María tres días después. ¿Es correcto? Sofía asintió, incapaz de hablar. El corazón le latía en la garganta. —Sofía —dijo el notario, y esta vez hubo calidez en su voz—, lamento informarle de esta manera, pero Eduardo Monteverde era su padre biológico.

El silencio que siguió fue tan absoluto que se podría haber oído caer una aguja. Sofía sintió que el suelo se movía bajo sus pies. —¿Mi… mi padre? —Sí. El señor Monteverde pasó los últimos diez años de su vida buscándola. Una relación de juventud, un secreto guardado por su madre biológica, y una adopción cerrada le impidieron encontrarla antes. Pero las pruebas de ADN que usted se realizó el año pasado en su revisión médica rutinaria, cruzadas con la base de datos que él monitorizaba, nos dieron la confirmación definitiva hace una semana.

El notario hizo una seña a sus asistentes, quienes abrieron uno de los maletines y extrajeron una carpeta gruesa. —Eduardo Monteverde falleció sin poder abrazarla, algo que lamentó hasta su último suspiro. Pero se aseguró de que no le faltara nada. En su testamento, la nombra a usted, Sofía Martínez, como su única heredera universal.

La sala estalló en susurros. Los invitados se miraban, boquiabiertos. Alejandro se había puesto pálido como la cera. Ginebra había soltado el brazo de Alejandro como si quemara. —¿Heredera? —balbuceó Isabel Velasco, con los ojos desorbitados—. ¿De… de cuánto estamos hablando?

El notario la ignoró y siguió dirigiéndose a Sofía. —El patrimonio incluye el holding tecnológico Monteverde, propiedades en cinco países, carteras de inversión y activos líquidos. El valor total estimado supera los tres mil millones de euros.

Tres mil millones. La cifra flotó en el aire, pesada, incomprensible. Era una cantidad que hacía que la riqueza de los Velasco pareciera dinero de bolsillo. Alejandro miraba a Sofía como si de repente le hubieran salido alas doradas. Ya no veía a la huerfanita; veía a la mujer más poderosa de España.

—Pero hay un detalle más —dijo el notario, elevando la voz para cortar el murmullo—. El testamento incluye una cláusula específica de protección, redactada por el señor Monteverde ante su temor de que alguien intentara aprovecharse de usted antes de que fuera localizada.

Beltrán tomó los papeles del divorcio que Sofía acababa de firmar y que aún estaban sobre la mesa. Los levantó para que todos los vieran. —La cláusula 4B estipula que cualquier acuerdo matrimonial o de separación firmado por la heredera sin conocimiento de su identidad y sin representación legal adecuada es nulo de pleno derecho. Además, el señor Monteverde dejó instrucciones para que mi bufete asuma su defensa inmediata. Estos papeles —dijo, rompiendo el documento de divorcio por la mitad con un gesto teatral— no valen ni el papel en el que están escritos. El acuerdo prematrimonial que la dejaba sin nada es inválido. Si hay divorcio, señora Martínez, será bajo sus términos, y le aseguro que serán términos muy diferentes.

Sofía miraba los trozos de papel caer al suelo. No era el dinero lo que la hacía temblar. Era el hecho de saber que alguien la había querido. Que su padre, un hombre al que no conocía, la había protegido desde la tumba. Que no era un error. Que era hija de alguien.

La reacción de los Velasco fue inmediata y patética. Isabel se abalanzó hacia Sofía, apartando al notario. —¡Sofía, querida! ¡Dios mío, qué noticia! ¡Siempre supe que tenías algo especial! —exclamó, intentando tomarle las manos—. ¡Alejandro, di algo! ¡Todo esto del divorcio ha sido un terrible malentendido, una pelea de enamorados! ¡Podemos arreglarlo!

Alejandro se acercó, con una sonrisa temblorosa y falsa pintada en el rostro. —Sofi… mi amor. Mi madre tiene razón. Estaba estresado, confundido… Ginebra no significa nada para mí. Tú eres mi esposa. Te quiero. Podemos empezar de cero, con todos estos recursos… piensa en lo que podemos construir juntos.

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