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La obligaron a firmar el divorcio en plena Nochebuena por ser ‘pobre’. Pero cuando un notario irrumpió en la fiesta, descubrieron que habían cometido el error más caro de sus vidas.

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—Vamos, niña, no tenemos toda la noche —azuzó el padre de Alejandro, Roberto, desde un rincón, con una copa de coñac en la mano.

Sofía respiró hondo, tragándose el sollozo que le quemaba la garganta. No les daría el gusto de verla romperse. Estampó su firma en la primera página. Ahí van mis sueños, pensó. Firmó la segunda. Ahí va mi dignidad. Firmó la tercera. Ahí va el amor que creí sentir.

Al llegar a la última hoja, levantó la vista buscando, por última vez, un rastro de humanidad en Alejandro. Un destello de arrepentimiento. Algo. Pero él estaba riendo de algo que Ginebra le susurraba al oído. En ese instante, Sofía comprendió que el hombre del que se había enamorado nunca existió. Solo existía este desconocido cruel, capaz de desechar a una persona como si fuera un envoltorio usado.

Con la mano firme por la rabia, Sofía trazó su rúbrica final. Dejó el bolígrafo sobre la mesa con un sonido seco que resonó en el repentino silencio de los curiosos que se habían acercado a mirar. —Ya está —dijo con voz ronca—. Soy libre. Y vosotros… sois libres de vuestra propia miseria.

Isabel soltó una risita burlona y retiró su mano del hombro de Sofía como si tocara algo sucio. —Por fin. Seguridad te acompañará a la salida, querida. Intenta no robar nada de camino a la puerta.

Sofía se puso de pie, alisándose su abrigo viejo, el único decente que le quedaba. Se giró para irse, dispuesta a caminar hacia el frío de la noche, hacia la nada, pero con la cabeza alta. No sabía qué haría mañana, ni cómo pagaría el alquiler el próximo mes, pero sabía que sobreviviría. Siempre lo había hecho.

Dio un paso hacia la puerta. Pero nadie sabía que esa calma tensa estaba a punto de romperse para siempre, ni que el destino, a veces, espera hasta el último segundo para dar el golpe más fuerte sobre la mesa.

Las inmensas puertas dobles del salón principal se abrieron de golpe, golpeando las paredes con un estruendo que hizo saltar a los invitados. El sonido del cristal chocando y las conversaciones cesaron al instante. En el umbral no había un guardia de seguridad, ni un camarero tardío.

Entró un hombre mayor, de unos sesenta años, con un porte que irradiaba una autoridad inquebrantable. Vestía un traje oscuro de corte impecable y caminaba con la determinación de un general en campo de batalla. Detrás de él, dos asistentes cargaban maletines de cuero negro. El hombre no pidió permiso ni se disculpó. Caminó directamente hacia el centro del salón, sus pasos resonando en el mármol, y se detuvo justo frente a la mesa donde Sofía y los Velasco aún estaban agrupados.

—¿Quién es usted? —exigió saber Roberto Velasco, dando un paso al frente, ofendido por la intrusión—. ¡Esta es una fiesta privada! ¡Seguridad!

El recién llegado ni siquiera lo miró. Sus ojos, de un gris acero inteligente y profundo, recorrieron la sala hasta anclarse en Sofía. La observó con una mezcla de curiosidad profesional y una extraña reverencia. —Soy Arturo Beltrán —anunció, y su voz de barítono llenó el espacio sin necesidad de micrófono—. Notario Mayor y albacea testamentario del patrimonio del Señor Eduardo Monteverde.

Un murmullo recorrió la sala como una corriente eléctrica. El nombre de Eduardo Monteverde no era desconocido para nadie allí. Era una leyenda, el fundador de un imperio tecnológico global, un hombre que había amasado una de las fortunas más grandes de Europa antes de recluirse en el anonimato durante las últimas décadas. Había fallecido hacía tres meses, y la prensa llevaba semanas especulando sobre el destino de su inmensa fortuna, al no conocérsele herederos.

Isabel Velasco cambió su expresión de indignación a una de confusa cortesía. —Señor Beltrán… mis condolencias por el señor Monteverde, pero no entiendo qué hace aquí interrumpiendo nuestra celebración familiar.

—No estoy aquí por ustedes, señora Velasco —dijo Beltrán con frialdad—. Estoy aquí para cumplir la última voluntad de mi cliente. Una voluntad que ha requerido una investigación exhaustiva y que concluye hoy, en esta sala.

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