Era Nochebuena, pero para Sofía Martínez, el aire no olía a pino, a canela ni a la calidez de un hogar. Olía a perfume caro, a champán francés y a la fría ceniza de un final inminente. Sofía, con veintiocho años y un corazón que parecía haberse convertido en cristal agrietado, sostenía un bolígrafo Montblanc entre sus dedos temblorosos. Frente a ella, sobre la inmaculada mesa de caoba de la mansión Velasco, descansaban los papeles del divorcio. Eran papeles fríos, legales, definitivos. Cada página que pasaba era como arrancar un capítulo de su propia vida, tirándolo a la basura ante la mirada expectante de quienes juraron ser su familia.
A su alrededor, la fiesta más exclusiva de la alta sociedad madrileña estaba en su apogeo. El salón brillaba con luces doradas, un árbol de seis metros presidía la estancia y los camareros con librea se deslizaban como fantasmas sirviendo copas que costaban más que el sueldo mensual de Sofía como maestra. Pero ella no era una invitada; era el espectáculo. La familia Velasco, en su crueldad calculada, había decidido que la firma del divorcio no sería un trámite privado en un despacho gris, sino un acto público, una última humillación durante su gala anual de Navidad. Querían dejar claro quién pertenecía a su mundo y quién había sido, simplemente, un error administrativo en su linaje perfecto.
Isabel Velasco, su suegra, permanecía de pie a su lado. Su mano, cargada de anillos de diamantes, descansaba sobre el hombro de Sofía. Para los observadores lejanos, podía parecer un gesto de consuelo materno; para Sofía, se sentía como la garra de un ave de presa asegurándose de que su víctima no escapara antes de dar el último aliento. —Firma, querida —susurró Isabel, con esa voz dulce y venenosa que Sofía había aprendido a temer—. Acabemos con esta farsa antes de que sirvan los entremeses. No querrás arruinar el apetito de Alejandro.
Alejandro. El nombre todavía le provocaba una punzada en el pecho. Estaba sentado al otro lado de la mesa, impecable en su esmoquin, con esa mandíbula cuadrada y esos ojos oscuros que tres años atrás la habían mirado con devoción. Ahora, ni siquiera se dignaba a mirarla a la cara. Su atención estaba centrada en Ginebra de la Vega, la mujer rubia y escultural que estaba de pie detrás de él, con una mano posesiva sobre su pecho. Ginebra, la heredera perfecta, la que “siempre debió ser”. Todos en la sala sabían que ella era la amante de Alejandro desde hacía meses. Todos sabían que Sofía, la huerfanita que creció en un orfanato de Sevilla, nunca había sido más que un capricho, una obra de caridad que había durado demasiado.
Sofía bajó la mirada al papel. Las letras bailaban borrosas por las lágrimas que se negaba a dejar caer. Recordó el día en que conoció a Alejandro. Él había visitado el colegio donde ella trabajaba para un evento benéfico. Parecía un príncipe de cuento, fascinado por la sencillez y la bondad de ella. La había cortejado con una intensidad que la abrumó. Para una chica que nunca había tenido familia, que había perdido a sus padres adoptivos en un accidente y había vuelto al sistema de acogida sintiéndose invisible, Alejandro fue un salvavidas. Le prometió amor, le prometió un hogar, le prometió que nunca más estaría sola.
Pero las promesas de los Velasco tenían fecha de caducidad. Seis meses después de la boda, la magia se disipó. Empezaron las críticas sutiles, las exclusiones en las cenas, las miradas de desprecio por su ropa barata o su falta de linaje. Y luego, la infidelidad. Cuando Sofía lo confrontó, Alejandro no pidió perdón. Simplemente le dijo que se había equivocado, que ella no pertenecía a su mundo y que, si se iba sin hacer ruido, no la destruirían. Pero ahí estaba, siendo destruida de todos modos. La habían echado de la casa, había perdido su trabajo —gracias a la influencia de los Velasco en el consejo escolar— y ahora firmaba un acuerdo que la dejaba sin nada, validando un contrato prematrimonial que había firmado ciega de amor y confianza.
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