—Más peligroso es dejarlo libre.
Después de una larga discusión, aceptó ayudarla. Camila prepararía la parte legal. Don Ernesto controlaría cada movimiento de la empresa. Mariana seguiría fingiendo ser la esposa enamorada.
Esa noche, Diego llegó alterado. Había recibido llamadas de sus acreedores.
—Amor —dijo, con voz quebrada—, tengo unas deudas pequeñas. Nada grave. Pero necesito liquidarlas para estar tranquilo.
—¿Cuánto?
—Como… ciento cincuenta mil pesos.
Mariana casi se rió. Debía millones y pedía “poquito” para probarla.
—Mañana te los transfiero.
Diego la abrazó con fuerza.
—Sabía que no me había equivocado contigo.
—No —respondió ella—. Te aseguro que no te equivocaste.
Al día siguiente, Mariana transfirió el dinero desde su cuenta personal. Diego lloró de alivio. Eso lo hizo confiar más.
Tres días después, él ya estaba presionando.
—Tu papá es muy cerrado. No me deja ver cuentas importantes. Así no puedo ayudar.
—Dale tiempo.
—No tengo tiempo, Mariana.
La frase se le escapó.
Ella fingió preocupación.
—¿Te están presionando?
Diego se quedó callado.
—Un poco.
—Entonces quizá papá pueda prestarnos más. Pero tendría que salir de la cuenta de la empresa. Es más fácil justificarlo como adelanto para un proyecto.
Diego la miró con ambición.
—¿Crees que acepte?
—Si yo se lo pido, sí. Pero necesitarías firmar tú el movimiento. Así papá ve que estás tomando responsabilidad.
Diego dudó apenas un segundo.
La desesperación pudo más que la prudencia.
—Sí. Claro. Yo puedo hacerlo.
Mariana llamó a su padre frente a él.
—Papá, Diego necesita mover dinero para resolver un asunto urgente. ¿Podrías autorizarle una transferencia como parte del nuevo proyecto?
Don Ernesto actuó perfecto.
—Está bien. Pero que él la haga desde la cuenta corporativa y me mande el comprobante.
Diego sonrió como si acabaran de abrirle una puerta al cielo.
Esa tarde, Mariana se fue a una cafetería con Camila. Esperaron en silencio, mirando el celular.
A las 5:17, llegó el mensaje de don Ernesto:
“Ya lo hizo. Transfirió 800 mil pesos a su cuenta personal. Tengo capturas, autorización, registro de IP y video de seguridad.”
Camila tomó la mano de Mariana.
—Ya está.
Pero justo entonces entró una llamada de Diego.
Mariana contestó.
—¿Dónde estás? —preguntó él, con voz rara.
—Con Camila. ¿Por?
—Tu papá acaba de entrar con dos policías. Dime que esto no fue una trampa, Mariana.
Ella no respondió.
Del otro lado se escuchó ruido, gritos, una silla arrastrándose.
—¡Mariana! ¡Contéstame!
Y la llamada se cortó justo antes de que toda la verdad saliera a la luz.
PARTE 3
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