Cuando Mariana llegó a la oficina de su padre, Diego ya estaba esposado.
No parecía el mismo hombre que sonreía en el altar. Tenía la camisa arrugada, el rostro sudado y los ojos llenos de furia.
—¡Tú me tendiste una trampa! —gritó al verla.
Mariana se detuvo a unos pasos.
—No, Diego. Yo solo te di la oportunidad de hacer lo correcto. Tú elegiste robar.
—¡Era un préstamo!
Don Ernesto golpeó el escritorio con la mano.
—Un préstamo no se transfiere a escondidas a una cuenta personal, muchacho. Y menos usando acceso corporativo.
Diego miró a Mariana con odio.
—Tú sabías desde la boda.
—Sí. Te escuché en la sacristía.
El silencio cayó pesado.
—Entonces todo este tiempo fingiste.
—Aprendí del mejor.
Diego intentó defenderse diciendo que Mariana lo había autorizado, pero Camila ya tenía preparado todo: mensajes, grabaciones, capturas, testimonios de Bruno y del otro amigo que finalmente aceptaron declarar. También aparecieron dos mujeres de sus intentos anteriores de estafa.
La máscara de Diego se cayó por completo.
Su madre, doña Lidia, llegó llorando a la oficina y le reclamó a Mariana.
—¡Lo destruiste! ¡Él solo quería salir adelante!
Mariana la miró con tristeza.
—No, señora. Él quería destruir a mi familia para salvarse solo.
Doña Lidia bajó la mirada. Sabía que era verdad.
Diego fue acusado de fraude, abuso de confianza y uso indebido de facultades. Sus acreedores, al enterarse de que estaba detenido, desaparecieron de la ciudad por miedo a ser investigados. La deuda que tanto lo había asustado terminó siendo parte del expediente.
Mariana anuló el matrimonio. No hubo luna de miel, no hubo casa nueva, no hubo futuro con Diego. Solo abogados, declaraciones y noches sin dormir.
Pero también hubo paz.
Semanas después, Mariana visitó a Diego en el reclusorio. Él estaba más delgado, sin su seguridad falsa, sin relojes caros ni sonrisa de galán.
—¿Viniste a burlarte? —preguntó.
—No. Vine a cerrar esto.
—Me arruinaste la vida.
—No, Diego. Tú la arruinaste cuando decidiste usar a la gente como escalón.
Él bajó la mirada.
—¿Alguna vez me amaste?
Mariana sintió un nudo en la garganta.
—Amé al hombre que inventaste. Ese hombre nunca existió.
Diego no dijo nada.
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