Los invitados aplaudieron.
Mariana vio a Bruno bajar la mirada. Él sabía. Y aun así estaba ahí, brindando.
Más tarde, mientras todos bailaban banda y tomaban tequila, Diego la tomó de la cintura.
—Hoy empieza nuestra vida, esposa.
—Sí —respondió ella—. Hoy empieza algo que jamás vas a olvidar.
Diego frunció el ceño, pero antes de preguntar, Camila apareció.
—Hermana, ¿estás bien? Te noto rara.
Mariana la abrazó fuerte.
—Necesito que investigues a Diego. Deudas, demandas, todo. Pero sin decirle a nadie.
Camila, estudiante de derecho, abrió los ojos.
—¿Qué pasó?
—Luego te explico. Solo confía en mí.
Esa noche, al llegar a la suite nupcial, Diego intentó besarla. Mariana se apartó con suavidad.
—Estoy agotada. Mañana hablamos de nuestros planes.
Él apretó la mandíbula, molesto, pero fingió comprensión.
Mientras Diego se metía a bañar, Mariana recibió otro mensaje de Camila:
“Encontré algo. Y no te va a gustar.”
Mariana miró la puerta del baño cerrada y sintió un escalofrío.
No podía creer lo que estaba por pasar…
PARTE 2
A la mañana siguiente, Diego despertó de excelente humor.
—Buenos días, señora de Ríos —dijo, besándole la mejilla—. ¿Pedimos desayuno? Quiero hablar contigo de nuestro futuro.
Mariana ya sabía qué significaba “futuro” para él.
—Claro. ¿Qué tienes en mente?
Diego se sentó en la orilla de la cama, como si hubiera ensayado el discurso.
—Tu papá me dijo que el lunes puedo ir a la oficina. Creo que, si me da acceso a ciertos documentos, podría ayudarle a mejorar proveedores, costos, cuentas…
—¿Documentos financieros?
—Pues sí. Ya soy parte de la familia, ¿no?
Mariana sintió asco, pero sonrió.
—Voy a hablar con él.
Mientras Diego bajaba al estacionamiento para hacer una llamada, Mariana llamó a Camila.
-Diez centavos.
—Mariana, Diego no debe seis millones. Debe casi nueve. A prestamistas, casinos clandestinos y gente muy pesada de Tonalá.
Mariana cerró los ojos.
—¿Qué más?
—Lo corrieron hace ocho meses de un despacho contable por desviar dinero. Y no eres la primera. Intentó comprometerse con dos mujeres de familias con dinero. Una en Querétaro y otra en León. En ambos casos, los papás sospecharon y lo echaron.
Mariana sintió náuseas.
—Entonces era su método.
—Sí. Se enamora de la hija, se gana al papá, entra al negocio y luego desaparece con dinero.
Cuando colgó, Mariana ya no tenía dudas. Diego no era un hombre desesperado que había cometido un error. Era un estafador.
Ese mismo día fue a ver a su papá. Lo encontró en la oficina principal, revisando facturas.
—Papá, necesito contarte algo, pero tienes que escucharme completo.
Don Ernesto levantó la mirada.
Mariana le contó todo: la conversación en la iglesia, las deudas, las otras familias. Su padre se quedó pálido. Luego apretó los puños con rabia.
—Lo voy a sacar de tu vida hoy mismo.
—No, papá.
—¿Cómo que no?
—Si lo corremos, va a buscar otra víctima. Necesitamos pruebas. Que intente robar. Que quede claro ante la ley.
Don Ernesto la miró como si no reconociera a su hija.
—Eso es peligroso.
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