—Ya salió la transferencia de las 9:00 —dijo—. Fueron 42 millones a una cuenta en Luxemburgo. Pero si Darío revisa los movimientos, estamos fritos.
Renata se rió bajito.
—Darío no va a revisar nada. Sigue atorado en Portugal. Para cuando vuelva, si vuelve, tú y yo estaremos en Madrid con apellidos nuevos.
Sofía se tapó la boca con las 2 manos.
No entendía de bancos.
Pero entendió lo suficiente.
Renata le estaba robando a su papá.
Adrián bajó la voz.
—¿Y la niña?
Renata caminó hasta el ventanal.
—Mañana se resuelve.
—¿Cómo que se resuelve?
—Durante la cena de la fundación, vendrá una mujer por ella. Ya firmé papeles diciendo que Darío nunca la adoptó legalmente. Que la niña es inestable. Que yo no puedo hacerme cargo.
Adrián se quedó callado.
—¿Una trabajadora social?
Renata volteó despacio.
—Ay, Adrián, no seas ingenuo. Esa vieja no trabaja para el DIF. Trabaja con familias que pagan muy bien por niñas bonitas y sin papeles claros.
Sofía sintió que el aire se le acababa.
Renata siguió hablando como si estuviera ordenando flores para una fiesta.
—Mañana Sofía deja de existir. Le cambian el nombre, la ciudad y la historia. Nadie va a buscarla.
—¿Y si habla?
Renata sonrió.
—¿Quién le va a creer a una huérfana contra mí?
Cuando salieron, Sofía no pudo moverse durante varios segundos.
Después salió gateando, con las rodillas raspadas.
En el sillón vio un celular pequeño.
Renata lo había olvidado.
Sofía lo tomó y corrió a su cuarto nuevo, un cuarto frío junto a la lavandería.
Cerró con llave.
Se metió al clóset.
Marcó el número que Darío le había obligado a memorizar.
Sonó 2 veces.
—Diga —respondió una voz grave.
Sofía empezó a llorar sin ruido.
—Papá… soy Sofi.
Al otro lado del mundo, Darío Montenegro se quedó inmóvil frente a una ventana de Lisboa.
—Sofía, ¿por qué estás susurrando?
—Papá, Renata te está robando. Dijo 42 millones. Y mañana me van a llevar con una señora. Dijo que me van a cambiar el nombre y que nadie me va a buscar.
Hubo un silencio pesado.
Luego Darío habló con una calma que daba más miedo que un grito.
—Escúchame bien, muñeca. Cierra la puerta. No comas nada. No abras aunque te digan que soy yo.
Sofía apretó el celular contra su oreja.
—¿Vas a venir?
La voz de Darío cambió.
Ya no era la voz del papá que calentaba leche con canela.
Era la voz del hombre que tantos temían.
—Ya voy por ti, hija. Y cuando llegue, nadie va a poder esconder la mugre debajo de la alfombra.
PARTE 2
Darío no avisó a la policía.
No llamó a Renata.
No usó su avión privado.
Sabía que cualquier movimiento con su nombre podía alertarla.
Y si Renata sentía que la estaban acorralando, adelantaría la entrega de Sofía.
La niña podía desaparecer antes del amanecer.
En menos de 3 horas, Darío salió de Lisboa con documentos legales que nadie relacionaba con Montenegro.
Viajó en un vuelo comercial, sentado entre turistas, con una gorra negra y el rostro más duro que nunca.
Durante 11 horas no durmió.
Pensó en Renata.
En cómo la había encontrado endeudada, rodeada de supuestos amigos que solo querían verla caer.
Le pagó cuentas.
Le abrió puertas.
Le dio un anillo que costaba más que un departamento.
Y ella había elegido vender a la única persona que Darío amaba de verdad.
Pensó también en Adrián.
Un hombre que había comido en su mesa durante 12 años.
Que conocía sus cuentas, sus empresas, sus debilidades.
Pero sobre todo pensó en Sofía encerrada en un clóset, creyendo que tal vez su papá no iba a llegar.
Al aterrizar en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, una camioneta negra lo esperaba bajo la lluvia.
Dentro estaba Ramiro Castañeda, su hombre de confianza.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»