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La niña susurró desde el clóset: “Papá, tu prometida me va a vender”… y el hombre más temido de México volvió por ella

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Alto, moreno, con cicatriz en el cuello y cara de no tenerle miedo ni al diablo.

—Patrón —dijo Ramiro—, si Migración o la fiscalía se enteran de que volvió, se arma un infierno.

Darío subió sin mirarlo.

—El infierno ya lo armaron en mi casa. Dime dónde está mi hija.

Ramiro le entregó una carpeta.

—Sofía sigue en la casa. Renata tiene una cena de beneficencia esta noche en el Hotel Gran Reforma. Mientras ella recibe aplausos, una mujer irá por la niña.

Darío abrió la carpeta.

Había fotos.

Placas.

Nombres.

La supuesta trabajadora social estaba ligada a una red ilegal que movía niños entre Puebla, Querétaro y Guadalajara.

Familias ricas pagaban.

Abogados falsificaban.

Niños sin apellido desaparecían.

Darío cerró la carpeta despacio.

—No la iban a mandar a otro albergue.

Ramiro tragó saliva.

—No, patrón. La iban a vender.

Por un momento, Darío sintió que todo se le iba en rojo.

Pero no gritó.

No rompió nada.

Solo miró la ciudad mojada por la ventana.

—Tú vas por Sofía.

—¿Y usted?

—Yo voy a la cena.

Ramiro entendió.

Renata quería despedirse de México como señora elegante.

Darío iba a dejar que el país la viera caer con su vestido caro puesto.

A las 8:00 de la noche, el salón del Hotel Gran Reforma brillaba como una mentira de lujo.

Había empresarios, diputados, actrices, periodistas y señoras con joyas que parecían lámparas.

Renata caminaba entre todos con un vestido rojo vino.

Besaba mejillas.

Sonreía.

Decía que Darío era víctima de una persecución injusta y que ella había protegido su legado “con amor”.

Adrián estaba a su lado, pálido, mirando el reloj cada minuto.

Faltaban 20 minutos para la última transferencia.

6 millones más.

Después saldrían del país.

Mientras tanto, en la mansión, Sofía estaba sentada en el piso de su cuarto, abrazando el retrato de Chapultepec.

Escuchó pasos.

Luego golpes en la puerta.

—Sofía, abre, preciosa —dijo una voz de mujer—. Soy del DIF. Vengo a llevarte a un lugar seguro.

Sofía no contestó.

Recordó la voz de Darío.

No abras aunque te digan que soy yo.

La cerradura empezó a moverse.

Sofía se metió debajo de la cama, apretando la foto contra el pecho.

La puerta se abrió.

Entró una mujer con impermeable beige y una sonrisa falsa.

—Ay, mi niña, no tengas miedo. Tu papá ya no va a volver.

Sofía dejó de respirar.

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