LA NIÑA SE SUBIÓ AL ATAÚD DE SU PADRE… Y LA MANO DEL MUERTO LA ABRAZÓ DE VUELTA
Te vas a casa después de tres días, porque el hospital te obliga.
Camila duerme en tu cama, acurrucada a tu lado como si te cuidara como cuidaba a su padre.
Te quedas despierta mirando al techo, escuchando el silencio, y te das cuenta de que ahora te aterra el silencio, porque el silencio es donde se esconden los finales.
La cuarta noche suena tu teléfono.
Número desconocido.
Respondes, y una voz de hombre habla, tranquila, fría.
"Deja de hacer preguntas", dice.
Se te hiela la sangre.
"¿Quién es?", preguntas.
La voz ríe suavemente.
«Ya recuperaste a tu marido», dice. «Sé agradecida. No caves».
Aprietas el teléfono con fuerza.
«Intentaste enterrarlo vivo», susurras.
Silencio.
Luego, más bajo, más agudo.
«Muere gente todos los días», dice la voz. «Algunos son simplemente… inoportunos».
La llamada termina.
Te sientas ahí, respirando con dificultad, con el teléfono pegado a la oreja, y te das cuenta de que la verdad es peor que un error.
No fue negligencia.
Fue intencional.
Miras a Camila durmiendo, su rostro suave en la oscuridad.
Recuerdas cómo se negó a abandonar el ataúd, cómo te miraba fijamente como si esperara.
Y un pensamiento terrible te invade la mente como una araña.
¿Y si no solo esperaba un milagro?
¿Y si esperaba el peligro?
Al día siguiente, le preguntas a Camila con dulzura, en la cafetería del hospital, mientras saboreas un pastelito que apenas toca.
«Cariño», le dices, «¿por qué te subiste al ataúd?».
Camila se lame el glaseado del pulgar, con la mirada baja.
"Para que no estuviera solo", dice primero.
Luego levanta la vista y baja la voz.
«Y por eso no pudieron llevárselo», añade.
Te quedas quieto.
"¿Quién?", susurras.
Camila se encoge de hombros como si odiara el recuerdo.
"El hombre", dice. "El hombre que vino a nuestra casa hace dos semanas".
Se te acelera el pulso.
"¿Qué hombre?", preguntas, esforzándote por mantener la voz serena.
Camila frunce el ceño, buscando en su mente.
"Tenía zapatos como piedras brillantes", dice. "Y olía a... a humo, pero no a fuego. Habló con papá en la cocina. Papá me dijo que fuera a mi cuarto".
Se te hace un nudo en la garganta.
"¿Escuchaste?", preguntas, sabiendo ya la respuesta porque los niños lo oyen todo.
Camila asiente lentamente.
"Estaba en la puerta", admite. "El hombre dijo que papá debía dinero. Papá dijo que no. El hombre dijo: 'Entonces pagarás de otra manera'".
Sientes que se te enfría la piel.
"¿Qué quiso decir?", susurras.
A Camila se le pesan los ojos.
"Dijo", murmura, "que los accidentes pasan".
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