El ruido de la cafetería se desvanece a tu alrededor. El
"accidente" de tu marido de repente parece un mensaje, no una tragedia fortuita.
Y que el Dr. Rivas firme papeles demasiado rápido empieza a parecer miedo, no error.
Le llevas esto a la abuela.
Su rostro se endurece, como una piedra vieja expuesta de nuevo.
Asiente lentamente y dice: «Julián siempre intentó proteger a todos resolviendo los problemas él solo».
Se te quiebra la voz.
«Y casi lo mata», susurras.
La abuela te agarra las manos.
"Así no nos encargamos de esto solas", dice. "Lo hacemos ruidosamente".
El ruido es arriesgado.
Pero el silencio es un ataúd.
Contactas a un abogado, luego a otro.
Solicitas una investigación.
Envías la declaración de la enfermera anónimamente a un periodista que le debe un favor a tu primo.
Solicitas seguridad en el hospital, porque la voz del desconocido que llama aún resuena en tus oídos como una amenaza que nunca cuelga.
Y durante todo ese tiempo, Camila permanece cerca de la habitación de Julián como una sombra hecha de amor.
Cada vez que pasa un desconocido, observa sus manos.
Cada vez que entra un médico, estudia su rostro como si lo memorizara para un futuro que se niega a temer.
Una tarde, Julián despierta más plenamente.
Sus ojos te encuentran, y ves confusión, dolor, y luego el reconocimiento florece lentamente como un amanecer.
Intenta hablar, pero tiene la garganta irritada y las palabras salen entrecortadas.
Te acercas.
"No hables", susurras. "Solo escucha".
La mirada de Julián se posa en Camila, sentada junto a la cama.
Parpadea lentamente y se le acumulan lágrimas en las comisuras de los ojos, lo que le da un aspecto más joven.
"Tú", dice con voz áspera, apenas audible, "estabas... ahí dentro".
Camila asiente con vehemencia.
"Sí", dice. "Porque no puedes dejarme".
A Julián se le escapa un leve sonido.
Ni una risa, ni un sollozo.
Le aprieta los dedos débilmente.
Entonces su mirada se eleva hacia ti y susurra: "Lo siento".
Se te hace un nudo en la garganta.
"¿Para qué?", preguntas, aunque ya lo sabes.
Los ojos de Julián se cierran brevemente, como si el recuerdo le doliera.
"Pensé", susurra, "que podría mantenerlo lejos de ti".
Tarda días, pero la historia sale a la luz poco a poco.
Una deuda que Julián se negó a pagar.
Un hombre con zapatos brillantes y una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Una advertencia disfrazada de broma.
Luego, el "accidente" en una carretera mojada, un camión que parecía ir demasiado rápido, un derrape, oscuridad.
Y en el hospital, una llamada telefónica llegó al Dr. Rivas antes de que se pudiera detectar un latido.
Una firma apresurada.
Un cuerpo trasladado.
Un funeral preparado.
Te das cuenta con una claridad enfermiza de que si Camila no hubiera sido terca, si no hubiera escuchado a su cuerpo en lugar de a la certeza adulta, Julián estaría ahora mismo bajo tierra.
No muerto por el destino.
Muerto por conveniencia.