Te acercas más y casi se te para el corazón al captar las palabras.
«Papá», susurra, suave como la ceniza.
«No te vayas todavía».
Los dedos de Julián se crispan contra su espalda.
No es un movimiento brusco. No es dramático.
Lo suficiente para que la sala se quede sin aliento como una sola criatura.
Lo suficiente para convertir el rostro de todos los adultos en la misma máscara de asombro. Un hombre da un paso al frente, intentando ser valiente.
Es uno de los primos de Julián, de hombros anchos, manos temblorosas, el tipo de hombre que siempre cree que la fuerza significa control.
Se acerca a Camila de nuevo.
Tu abuela le aparta la mano como si fuera un niño tocando una estufa caliente.
"Mira", dice en voz baja.
Señala el cuello de Julián.
Al principio no ves nada, porque no estás acostumbrado a ver la vida en lugares diminutos.
Entonces lo ves.
Un leve aleteo.
Tan leve que podría ser un truco de sombra, pero tu cuerpo lo sabe mejor.
Tu cuerpo lo sabe porque está gritando: esto no ha terminado. La ambulancia tarda una eternidad, aunque probablemente sean minutos.
El tiempo hace cosas extrañas cuando estás colgando al borde de un milagro y una pesadilla al mismo tiempo.
Tienes el teléfono en la mano y no recuerdas haberlo cogido.
Llamas, gritas, suplicas, repites la dirección como si estuvieras lanzando un hechizo. Camila se queda dentro del ataúd, terca y callada.
No llora. No se agita.
Simplemente sostiene a su padre y te mira una vez, con los ojos muy abiertos, sin miedo, casi ofendida de que no lo hayas entendido antes.
"Sigue aquí", dice, como si fuera el hecho más simple del mundo.
Quieres preguntarle cómo lo sabe.
Quieres exigírselo, sacárselo como una respuesta en un frasco.
Pero no puedes, porque Julián vuelve a emitir ese sonido, esa leve exhalación, y todo tu mundo se tambalea.
La habitación se llena de susurros, y entonces la sirena finalmente llega, cortando la noche como una promesa.
Los paramédicos se abalanzan sobre el lugar con el aire frío pegado a sus uniformes.
Se detienen en seco al ver lo que sucede, porque incluso los profesionales tienen rostro humano antes de ponerse las mascarillas.
Una de ellas, una mujer de pelo apretadito y ojos cansados, se acerca y pregunta: "¿Dónde está el paciente?"
. Tres personas señalan el ataúd como si fuera un altar.
La mirada del paramédico se posa en Camila.
Se ablanda al instante, con voz más suave.
"Cariño, necesito que te muevas para poder ayudar a tu papá".
Camila niega con la cabeza una vez, lentamente.
"No", dice. "Le gusta que lo cargue".
Te arde la garganta.
Te agachas junto al ataúd y te tiembla la voz al hablarle a tu hija como si negociaras con el destino.
«Mi amor», susurras, «si lo amas, que lo ayuden a respirar».
Camila aprieta la mandíbula, una expresión de adulta en su rostro de ocho años.
Mira a Julián y luego te mira a ti.
"Prométeme que no dejarás que digan que se ha ido otra vez", dice.
Asientes tan rápido que duele.
"Lo prometo", susurras, aunque no sabes qué puedes prometerle a la muerte.
Camila sale del ataúd lentamente, como si dejara un lugar que se ganó.
En cuanto se mueve, la mano de Julián baja un poco, y la habitación exhala como si hubiera estado conteniendo la respiración durante años.
Los paramédicos trabajan rápido.
Revisan las vías respiratorias, el pulso, las pupilas, el oxígeno, todo lo que tu mente aterrorizada no puede rastrear.
Suben a Julián a una camilla, y se ve demasiado ligero, demasiado pálido, como si fuera de papel.
Te agarras al borde de la camilla sin pensar, y un paramédico te bloquea con cuidado.
"Necesitamos espacio", dice, pero su mirada dice: " Sé que te estás desmoronando".
Camila agarra tu abrigo con ambas manos, sus deditos clavándose como anclas.
Sus ojos no se apartan del rostro de Julián.
Mientras lo sacan a toda prisa, los párpados de Julián se agitan.
No están del todo abiertos.
Es un temblor, un parpadeo, como si el cuerpo recordara que tiene puertas.
Sientes que el corazón te da un vuelco y luego te vuelve a dar un vuelco, porque la esperanza es dolorosa cuando es frágil.
En la ambulancia, te sientas en un banco estrecho, con las rodillas juntas y los puños tan apretados que te duelen.
Camila se sienta a tu lado, demasiado quieta, demasiado concentrada.
La paramédica monitorea a Julián, marcando números por radio, con voz firme, como si estuviera controlando el universo.
“¿Lo declararon muerto?”, te pregunta de repente.