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LA NIÑA SE SUBIÓ AL ATAÚD DE SU PADRE… Y LA MANO DEL MUERTO LA ABRAZÓ DE VUELTA

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Al principio no entiendes el grito.
Solo entiendes cómo divide la habitación, como si alguien hubiera cortado el aire con un cuchillo y lo hubiera arrastrado hasta el fondo.
Te pones de pie antes de que tu mente se dé cuenta, con las rodillas débiles, la garganta seca, la mirada fija en el ataúd como la aguja de una brújula atraída por un imán.

Y allí está ella, tu hija, dentro del ataúd, acurrucada contra el pecho de Julián como si estuviera tratando de convertirse en parte de él.

Por un instante, la habitación deja de ser un velorio y se convierte en una tormenta.
La gente corre, las sillas chirrían, alguien deja caer una taza, y el sonido del dolor se transforma en una especie de pánico que no sabe dónde aterrizar.
Avanzas entre cuerpos, entre manos que intentan detenerte "por tu propio bien", a través de tu propio miedo que se siente demasiado grande para caber en tus costillas.
Solo puedes ver la pequeña espalda de Camila, el rostro pálido de Julián y esa cosa imposible.

Su mano.
Descansando sobre ella como si perteneciera allí.
No torcida. No caída. No resbalada.
Colocada.

Alguien agarra el borde del ataúd y le agarra el hombro a Camila.
El corazón te da un vuelco, porque el instinto de sacarla lucha contra el terror de perturbar lo que sea que sea.
La voz de la abuela interrumpe, baja y aguda, como cuando habla en serio.
"¡Nadie la toca!", espeta, y todos se quedan paralizados como si acabara de disparar. Tragas saliva, mirando a tu suegra como si la volvieras a ver.
Se acerca, con las manos firmes, los ojos escudriñando el rostro de Julián como si leyera algo escrito en la piel.
"¿Oyes eso?", murmura.
Al principio, crees que se refiere al viento de afuera.

Entonces tú también lo oyes.
No de la tormenta.
Del ataúd.

Un sonido tan débil que casi te convences de que es imaginación, la casa asentándose, el fuego crepitando, cualquier cosa menos lo que tu cuerpo le ruega que sea.
Un pequeño silbido, una húmeda bocanada de aire, como una garganta intentando recordar cómo funciona.
El estómago se te cae al suelo.

"Llama a una ambulancia", susurras, pero tu voz sale mal, quebrada y débil.
Alguien dice: "Está muerto", como si repetirlo fuera suficiente para protegerlos de la esperanza.
Alguien más murmura oraciones.
Te tiemblan las manos y odias cómo tu dolor se convierte instantáneamente en rabia contra cualquiera que se atreva a decir algo con certeza en una habitación a la que le acaban de salir los dientes. Camila se revuelve dentro del ataúd, sin pánico ni sobresalto.
Aprieta la oreja contra el pecho de Julián como si fuera una almohada que conoce de toda la vida.
Su bracito lo aprieta con fuerza y ​​ves que sus labios se mueven.
Susurra algo que no puedes oír.

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