PARTE 1
—Mamá… mi cama se hace chiquita cuando oscurece.
Sofía lo dijo parada en la puerta de la cocina, con el cabello hecho nudo, la pijama arrugada y los ojitos rojos como si no hubiera dormido nada.
Mariana estaba calentando tortillas en el comal, mientras afuera pasaba el señor del pan dulce gritando por la calle de la colonia Narvarte.
Todo olía a café, a casa, a mañana normal.
Pero la cara de su hija no tenía nada de normal.
Sofía tenía 8 años y desde chiquita dormía sola. Su cuarto era el orgullo de Mariana: paredes color vainilla, cortinas blancas, una lámpara de estrella y una cama matrimonial que Mateo, su esposo, había comprado con una sonrisa rara.
—Para que mi niña duerma como princesa —había dicho.
Mateo era ginecólogo en una clínica privada de Polanco. Elegante, serio, de esos hombres que en las fiestas familiares todos trataban como si fuera autoridad.
En casa hablaba poco.
Trabajaba mucho.
Y cuando Mariana le reclamaba su ausencia, él siempre respondía lo mismo:
—No empieces, Mari. Estoy cansado.
Al principio, Mariana pensó que lo de Sofía era un sueño.
Pero la niña volvió a decirlo al día siguiente.
—Me despierto pegada a la orillita, mamá.
Luego otro día:
—Siento que alguien me empuja.
Y una mañana, mientras Mariana le peinaba una trenza para llevarla a la escuela, Sofía bajó la voz.
—Mamá… ¿tú entraste anoche a mi cuarto?
Mariana se quedó con el cepillo en la mano.
—No, mi amor. ¿Por qué?
La niña miró hacia la escalera, como si temiera que alguien escuchara.
—Porque sentí que alguien se acostó conmigo.
Esa noche Mariana se lo contó a Mateo.
Él llegó casi a medianoche, con camisa impecable, olor a loción cara y esa cara de hombre importante que no acepta preguntas incómodas.
—Sofía está asustada —dijo Mariana.
Mateo dejó las llaves sobre la mesa.
—Los niños inventan cosas.
—No inventa, Mateo. Está despertando en la orilla de la cama.
—Entonces se mueve dormida.
—Me preguntó si yo entré a su cuarto.
Mateo la miró con fastidio.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que llame a un exorcista o qué?
Mariana no contestó.
Pero esa noche no pudo dormir.
Al día siguiente compró una cámara pequeña y la escondió entre unas flores artificiales que decoraban una repisa del cuarto de Sofía.
No quería vigilar a su hija.
Quería saber qué demonios estaba pasando.
Esa noche, Mariana leyó un cuento con Sofía. La niña se metió bajo las cobijas, abrazó a su conejo de peluche y le apretó la mano.
—Mamá, si me vuelvo a despertar en la orilla, ¿puedo ir contigo?
A Mariana se le quebró el pecho.
—Claro que sí, mi vida. Siempre.
Le dio un beso, apagó la luz y dejó la puerta medio abierta.
Mateo se durmió rápido.
Mariana no.
A las 2:13 de la madrugada, sin saber por qué, abrió la aplicación de la cámara en su celular.
Sofía dormía sola.
La cama estaba tranquila.
Mariana soltó el aire.
Iba a cerrar la app cuando la puerta del cuarto se abrió lentamente.
La imagen era gris, un poco borrosa, pero la figura se reconocía perfecto.
Era Mateo.
Entró descalzo.
No prendió la luz.
Se quedó junto a la cama de Sofía durante varios segundos, mirándola como si la niña fuera una herida abierta.
Luego sacó algo del bolsillo.
Una pulsera rosa de hospital.
Pequeñita.
Vieja.
La puso debajo de la almohada de Sofía.
Después se acostó en la cama, junto a su hija, sin tocarla. Se hizo bolita en una esquina, dándole la espalda, y empezó a llorar en silencio.
Mariana sintió que la sangre se le iba de la cara.
Entonces Sofía se movió dormida y tocó el brazo de Mateo.
Él se quedó duro.
La niña murmuró algo.
Mariana subió el volumen con los dedos temblando.
La voz de Sofía sonó débil, partida por el sueño:
—Papá… ¿mi hermanita ya vino otra vez?
Mateo se levantó de golpe.
Sacó la pulsera de debajo de la almohada, la guardó en su pantalón y salió sin hacer ruido.
Mariana corrió de regreso a su cuarto y fingió dormir.
Minutos después, Mateo entró.
Se quedó parado junto a la cama.
—Mariana —susurró.
Ella no respondió.
Él se acostó a su lado.
Pero Mariana entendió algo que le heló el alma.
Su esposo no estaba escondiendo cansancio.
Estaba escondiendo una niña.
Y lo que acababa de ver era apenas la primera grieta de una verdad imposible de creer…
PARTE 2
A las 6 de la mañana, cuando Mateo se metió a bañar, Mariana fue al cuarto de Sofía.
La niña dormía hecha bolita en la orilla derecha de la cama. Del lado izquierdo, las cobijas estaban arrugadas, marcadas por el peso de alguien más.
Mariana metió la mano debajo de la almohada.
Nada.
Buscó entre las sábanas, debajo del conejo, detrás de la cabecera.
Nada.
Entonces vio un pedacito de plástico rosa atorado entre el colchón y la base.
Lo jaló despacio.
Era una pulsera de hospital, vieja, amarillenta, casi borrada.
Tenía una etiqueta con letras débiles.
“C. Robles M.”
Abajo venía una fecha.
La misma fecha de nacimiento de Sofía.
Mariana sintió que el baño dejaba de sonar.
Guardó la pulsera dentro de su brasier y bajó a la cocina como si todavía supiera respirar.
Preparó café.
Partió papaya.
Puso frijoles en un plato.
Todo con manos que ya no parecían suyas.
Mateo bajó minutos después, vestido de azul marino, con reloj caro y la tranquilidad falsa de siempre.
—Buenos días —dijo, besándole la mejilla.
Mariana sintió asco.
Sofía apareció arrastrando su mochila rosa.
Se sentó frente a ellos y miró a su papá.
—Papá, ¿anoche fuiste a mi cuarto?
Mateo se quedó quieto.
—¿Por qué dices eso, princesa?
—Porque te escuché llorar.
El silencio cayó pesado sobre la mesa.
Mariana apretó el cuchillo con el que cortaba fruta.
Mateo sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Soñaste, mi amor.
Sofía bajó la cabeza.
—¿Y mi hermanita también es sueño?
Mariana dejó caer el cuchillo.
—¿Qué hermanita, Sofi?
La niña encogió los hombros.
—Papá dice que no debo hablar de ella.
Mateo se levantó de golpe.
—Ya vámonos. Se nos hace tarde.
—Mateo —dijo Mariana.
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