Camila soltó un sollozo. Alejandro la miró con rabia, como si ella fuera culpable de su desastre, pero Teresa notó el gesto.
—No te equivoques, Alejandro. Ella no destruyó tu familia. Tú lo hiciste. Ella solo creyó la mentira de que eras más poderoso de lo que realmente eres.
Entonces se volvió hacia Camila.
—Tu relación con tu superior ya fue reportada al consejo de la empresa. Recursos Humanos recibió el expediente completo esta tarde. No te presentes el lunes sin abogado.
Camila se llevó una mano a la boca.
—¡Usted no puede arruinarme así!
Teresa la miró sin odio.
—Yo no te arruiné. Solo prendí la luz.
Luego volvió a Alejandro.
—Las cuentas conjuntas están congeladas. El departamento de Lomas ya cambió cerraduras. Tus cosas serán enviadas a tu oficina. La camioneta está registrada a nombre de mi empresa, así que tampoco te pertenece.
Alejandro sintió que el piso desaparecía.
—Mis hijos…
Por primera vez, una sombra de dolor cruzó el rostro de Teresa.
—Nuestros hijos merecen un padre, no un hombre que humilla a su madre en hoteles y luego pretende cenar con ellos como si nada. Podrás verlos bajo condiciones legales, claras y supervisadas.
El abogado empujó suavemente los documentos hacia Alejandro.
—Le conviene firmar, señor Montes —dijo Joaquín—. Si decide pelear, el expediente completo llegará a socios, clientes, prensa financiera y autoridades fiscales. Y créame, hay cosas que usted no quiere explicar.
Alejandro miró alrededor. Los rostros de los comensales eran una mezcla de morbo, desprecio y satisfacción. El hombre que había entrado al hotel sintiéndose intocable estaba sentado como acusado en su propio juicio.
Teresa dio media vuelta.
—Ah, una cosa más —dijo sin mirarlo—. La cuenta completa de este fin de semana va a tu nombre. Incluyendo el vino que pediste para impresionarla.
El gerente dejó una carpeta negra sobre la mesa.
Alejandro abrió la cuenta. La cifra era absurda. Sacó su tarjeta negra con manos temblorosas y la entregó.
El mesero regresó en menos de un minuto.
—Lo siento, señor. Fue rechazada.
Un murmullo recorrió el restaurante.
Alejandro sacó otra tarjeta. También fue rechazada.
Camila lo miró como si de pronto hubiera envejecido veinte años.
—Dijiste que tenías todo bajo control…
Él no respondió.
Dos guardias se acercaron a la mesa.
Teresa ya estaba en la salida, rodeada por su abogado y el gerente. Antes de irse, giró apenas la cabeza. Su mirada no tenía rabia. Eso fue lo más humillante. Tenía indiferencia.
Y justo cuando Alejandro pensó que ya nada podía empeorar, Joaquín Salvatierra volvió con una última hoja en la mano.
Lo que decía ese documento iba a dejarlo sin una sola salida…
PARTE 3
La hoja no era parte del divorcio. Era peor.
Joaquín Salvatierra la colocó frente a Alejandro con la precisión de un verdugo educado.
—Esta es una notificación formal enviada al consejo de Montes & Figueroa. Se solicita una investigación interna por uso indebido de recursos, conflicto de interés, abuso de jerarquía y posibles movimientos financieros irregulares vinculados a cuentas familiares administradas por usted.
Alejandro sintió que el ruido del restaurante se apagaba.
—Eso es una exageración.
—No —respondió Joaquín—. Es documentación.
Camila se levantó de golpe, pálida.
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