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La mujer de 35 años se sentó en mi sala con mi pulsera de diamantes y me dijo: “Nosotros vamos a decidir dónde vivirá usted”. Mi esposo sonrió, mis hijos dudaron de mí, pero yo saqué una carta de mi madre y entendí que la traición había empezado mucho antes.

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—La casa familiar pertenece al Fideicomiso Elena Robles. La propiedad de Valle de Bravo fue vendida hace 6 meses.

—¿Vendida? —soltó Tomás.

Yo crucé las manos sobre mi bastón.

Diana continuó:

—Las cuentas operativas de Grupo Arriaga requieren aprobación del consejo. El señor Arriaga fue removido como presidente el viernes pasado por uso indebido de fondos.

Su abogado le susurró algo al oído.

Tomás cambió de color.

Después vino el golpe que nadie esperaba.

—También solicitamos la recuperación inmediata de joyería sustraída sin consentimiento de la caja fuerte de mi representada, incluyendo un brazalete de diamantes que actualmente porta la señorita Brenda Cárdenas.

El juzgado quedó en silencio.

Todas las miradas cayeron sobre la muñeca de Brenda.

Ella intentó cubrir el brazalete con la otra mano.

—Quítatelo —le siseó Tomás.

—Me dijiste que era tuyo —susurró ella.

—Es mío.

Lo miré por primera vez.

—No, Tomás. Nunca lo fue.

El juez ordenó que el brazalete fuera entregado antes de terminar la audiencia. Brenda se lo quitó con dedos temblorosos y lo puso sobre el escritorio del secretario como si quemara.

Pero lo peor llegó cuando Diana presentó la auditoría.

La consultora de Brenda había recibido más de 80 millones de pesos por servicios inexistentes. Facturas falsas. Gastos personales. Viajes. Ropa. Un departamento. Todo aprobado por Tomás.

—Es un malentendido —dijo él, levantándose.

El juez ni siquiera parpadeó.

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