Sin dudarlo un segundo, Renata se arrancó el ostentoso anillo de compromiso del dedo y se lo arrojó a la cara con asco. Bruno, humillado y destruido frente a todo el barrio que alguna vez lo vio crecer, intentó balbucear una excusa patética, pero los abucheos, los insultos y los silbidos furiosos de cientos de marchantes ahogaron su voz por completo. Sin trabajo, sin dinero, sin boda y sin el más mínimo prestigio, tuvo que huir del mercado corriendo como un cobarde absoluto, perdiéndose rápidamente entre la oscuridad y la basura de los callejones traseros.
Arriba del escenario, Tomás bajó tranquilamente los escalones y caminó directamente hacia donde estaba Alma. La miró profundamente a los ojos, esos ojos oscuros llenos de fuego, dignidad y resistencia infinita. Sin importarle en lo absoluto que todo el mercado y las autoridades los estuvieran observando, le tomó el rostro con sus manos fuertes y la besó. Fue un beso profundo, intenso, lleno de promesas reales, de un respeto absoluto y de justicia poética. La plaza entera estalló en un estruendo de aplausos, chiflidos de aprobación y gritos de júbilo.
“Recuperé algo muy importante para ti”, susurró Tomás al separarse, sacando de su bolsillo de lino el pesado reloj de oro macizo de don Mateo. “Tu hermana va a necesitar saber la hora exacta cuando empiece a salvar vidas en los hospitales.”
Meses después de aquella noche histórica, la barraca Reyes se convirtió en el principal centro de distribución mayorista de frutas exóticas de toda la ciudad, uniendo el enorme capital y logística de Tomás con la experiencia inigualable de Alma. Lucero caminaba orgullosa por los pasillos limpios del mercado remodelado con su bata blanca de médica impecable, luciendo un reloj de oro brillante en la muñeca izquierda, lista para abrir las puertas de su consultorio médico gratuito dedicado exclusivamente a las familias de los locatarios.
Alma nunca dejó de ser, en esencia, la frutera del mercado. Pero ahora, cada vez que acomodaba un mango Ataúlfo bajo el ardiente sol de México, sonreía plenamente, sabiendo con absoluta certeza que las raíces más profundas son las únicas capaces de soportar las peores tormentas y, al final, florecer con muchísima más fuerza.
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