PARTE 1
El sol de mediodía caía a plomo sobre las lonas descoloridas del mercado central, calentando el asfalto hasta hacerlo humear. Alma, a sus 33 años, acomodaba una pirámide perfecta de mangos Ataúlfo sobre la madera astillada de su puesto. Llevaba ya 10 años atrapada entre huacales de fruta, respirando el olor a cilantro fresco, tierra mojada y papaya madura. Era un destino que jamás imaginó cuando era una adolescente llena de planes, pero la vida en los barrios bravos de México no suele pedir permiso para cambiarte el rumbo.
“Pásele, güerita, ¿qué le damos? ¡Llévele su aguacate para la comida!”, gritaba mecánicamente, mientras el sudor le empapaba la blusa de algodón.
Su vida se había fracturado exactamente hace 3 años, cuando la tos de su padre, don Mateo, pasó de ser un simple resfriado a una sentencia mortal. Los pulmones del viejo locatario se apagaron lentamente, consumiendo los ahorros familiares en médicos especialistas y medicinas de patente. Teresa, su madre, tuvo que dejar el mercado para convertirse en su enfermera de tiempo completo, dejando a Alma como el único pilar económico de la casa. Sus propios sueños se marchitaron silenciosamente.
Pero esa mañana, un rayo de esperanza iluminó la penumbra de su hogar. Lucero, su hermana menor de 19 años, entró corriendo por el patio vecindad con una carta arrugada entre las manos. Había sido aceptada en la facultad de medicina de la UNAM. La alegría duró lo que tarda en echarse a perder un tomate al sol. Al leer los costos de los libros de especialidad, los pasajes diarios y el carísimo equipo de laboratorio, el rostro de Teresa palideció por completo.
“No nos alcanza, mija”, murmuró Teresa con los ojos llorosos, sentada en la silla de plástico de la cocina. “Es demasiada lana.”
“Yo voy a sacar ese dinero, cueste lo que cueste”, sentenció Alma, apretando los puños, mostrando unas manos ásperas y callosas por cargar cajas desde la madrugada.
Alma esperaba contar con el apoyo de Bruno, su prometido desde hacía 2 años. Bruno había crecido en ese mismo barrio, huérfano de padre y siempre escaso de dinero. Sin embargo, desde que empezó a trabajar como asistente ejecutivo para la influyente familia Villalobos, dueños de las constructoras más grandes del país, se había vuelto un perfecto extraño. Ya no respondía sus mensajes de WhatsApp, y cuando iba a verla, se negaba a bajarse de su auto de lujo, asqueado por el olor a tianguis que impregnaba la ropa de Alma.
El infierno personal de Alma se desató un martes por la tarde. El mercado estaba a reventar de clientela cuando un Mercedes negro se estacionó abruptamente frente al puesto de los Reyes. De él bajó Bruno, enfundado en un traje a la medida, acompañado por Renata Villalobos, una mujer de sociedad que parecía no haber pisado una banqueta rota en toda su vida.
El bullicio de los marchantes se apagó de inmediato. Bruno caminó hasta el puesto, miró la fruta con repudio y luego clavó sus ojos fríos en Alma.
“Sigues atrapada en el mismo hoyo de siempre”, dijo Bruno alzando la voz, asegurándose de que todos los otros locatarios escucharan cada sílaba. Renata se tapó la nariz con un pañuelo de seda, haciendo una mueca de asco.
“¿Se les ofrece algo?”, respondió Alma, manteniendo la barbilla en alto, apretando una jerga húmeda entre las manos.
“Solo venía a mostrarle a Renata de dónde salí, y por qué hoy mismo cancelo nuestro compromiso”, escupió Bruno, tomando un mango hermoso y dejándolo caer al suelo adoquinado con desdén. “Mírate las manos, Alma. Pareces un cargador de la Central de Abastos. Yo necesito a una mujer de verdad a mi lado, alguien que huela a perfume europeo, no a una simple frutera muerta de hambre que no aspira a nada.”
Las palabras cortaron el aire pesado del mercado como un cuchillo carnicero. Doña Meche, la vendedora de chiles secos del local de junto, soltó su escoba, indignada. Alma sintió que la sangre le hervía en las venas y una humillación ardiente le subió por el cuello. Iba a responderle con toda la furia acumulada de los últimos meses, cuando Bruno sacó un sobre oficial del bolsillo interior de su saco y lo arrojó violentamente sobre la cama de papayas.
“La delegación va a clausurar y demoler esta zona del mercado la próxima semana para un nuevo proyecto”, sentenció Bruno con una sonrisa siniestra y triunfal. “Disfruta tus últimos días recogiendo basura del piso.”
Alma abrió el sobre con manos temblorosas. Al ver el sello de la alcaldía y la firma de demolición, el mundo entero le dio vueltas. No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
El silencio en el pasillo del mercado era denso, casi asfixiante. Bruno dio media vuelta con aires de grandeza y caminó de regreso al Mercedes, llevando a la engreída Renata del brazo. Dejaron a Alma parada ahí, sosteniendo el sobre oficial que sentenciaba la muerte definitiva de su único sustento económico y la destrucción total del legado de su difunto padre.
Fue en ese preciso instante cuando un hombre alto, vestido con una camisa de lino impecable y botas de piel, se abrió paso entre la multitud pasmada. No tenía la arrogancia plástica de Bruno, sino la presencia arrolladora y la seguridad de alguien que conoce su propio valor a base de esfuerzo. Se detuvo justo frente al puesto de Alma, ignorando por completo el drama telenovelesco que acababa de presenciar.
“Buenas tardes”, dijo con una voz profunda y rasposa que resonó en el pecho de Alma. “Quiero la mejor papaya que tenga. Y cóbrese también el mango que ese infeliz engreído le tiró al suelo.”
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