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La envió a PRISIÓN embarazada por otra mujer……

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Las aterradoras palabras fraude continuado, desfalco millonario sistemático y evasión masiva de capitales resonaban en la pequeña sala de archivos como ensordecedores y rítmicos martillazos golpeando sobre un yunque al rojo vivo.

Cuando un veterano inspector de policía de rostro pétreo y voz áspera leyó sus derechos constitucionales de carrerilla casi sin respirar, y procedió a colocarle con un seco chasquido metálico las frías y humillantes esposas de acero.

En las frágiles muñecas, la mente de Isabela sufrió un apagón total. se quedó completamente en blanco, paralizada por un terror irracional y un sudor frío y pegajoso que le empapaba la blusa de hilo.

En medio del caos reinante, de los gritos policiales dando órdenes de requisa y del monumental revuelo general, buscó a la desesperada la mirada protectora de Mateo. esperaba, rezaba interiormente con todas las fuerzas de su alma, que él, su gran amor, su escudo inexpugnable, el hombre recto,

cabal y temeroso de Dios, que ella creía conocer hasta la médula de sus huesos, diera un valiente paso al frente. Anhelaba con desesperación que levantara la voz imponente, que parara en seco aquella locura incomprensible y deshiciera aquel espantoso y cruel malentendido.

asumiendo como un verdadero hombre el control absoluto de la situación, pero la figura, impecablemente trajeada con lana inglesa a medida de Mateo, permaneció clavada e inmóvil al fondo del largo pasillo de Moqueta, parapetado cobardemente tras un infranqueable muro de silencio sepulcral.

No movió un solo músculo de su rostro perfectamente afeitado. No levantó la voz ni medio decibelio para interceder por la mujer que llevaba media vida desviviéndose por él. Su semblante era una perfecta máscara de hielo impenetrable vacía de cualquier rastro de emoción humana.

En ese preciso e interminable instante agónico, mientras los implacables agentes de la ley la empujaban sin ningún tipo de miramientos ni delicadeza hacia las puertas del ascensor, forzándola a desfilar en un humillante paseío frente a la mirada atónita, las sonrisas burlonas y los murmullos crueles y acusadores del resto de los empleados de la planta.

Una verdad afilada, como la inclemente hoja de una navaja barbera, rasgó violentamente el espeso velo de ingenuidad que había cegado a Isabela durante tantos años de su misión voluntaria.

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