La iluminación espiritual fue brutal y destructiva. Había sido vilmente utilizada, masticada sin piedad alguna y escupida al suelo como un maldito estorbo sin valor ni dignidad. El hombre que tantas noches le había prometido bajarle la luna y las estrellas, el mismo que le hablaba con devoción de
formar un sagrado hogar bendecido por el Señor, la estaba empujando de forma totalmente deliberada, asquerosamente premeditada y alevosa hacia el abismo llameante de las condenas penales, única y exclusivamente para salvar su propio y miserable pellejo.
La angustia extrema le oprimió la garganta hasta dejarla sin el menor aliento. Quiso gritar su inocencia a los cuatro vientos. Quiso maldecirle allí mismo, escupirle a la cara delante de todos.
Pero el pesado nudo de lágrimas contenidas y la profunda, lacerante conmoción del desengaño amoroso, la dejaron completamente muda, convertida en una inerte estatua de sal. Mientras las puertas metálicas del ascensor se cerraban con un ruido sordo, separándola para siempre del mundo de los vivos, de la descencia y de la cálida luz del sol.
El posterior proceso penal no fue más que la burda escenificación de una farsa dantesca, un lúgubre teatro del horror orquestado a la perfección milimétrica, donde la verdadera y sagrada justicia brilló por su absoluta y clamorosa ausencia.
Todo el procedimiento fue rápidamente aplastado, manipulado y sepultado por el peso aplastante del dinero sucio, las altas influencias políticas de la élite y un auténtico ejército de abogados despiadados, vestidos con carísimos trajes de diseño, cuyos exorbitantes honorarios estaban siendo pagados religiosamente con el abultado patrimonio de la intocable y poderosa familia de la caprichosa Valeria.
sentada en el banquillo de los acusados durante aquellas interminables y agónicas semanas de sesiones continuas bajo los cegadores focos escrutadores de la inmensa sala de vistas, Isabella parecía una pajarilla herida de muerte, diminuta, frágil y terriblemente vulnerable ante la inmensidad de la tragedia.
se enfrentaba completamente sola, sin más amparo terrenal que sus constantes y silenciosos rezos a la Virgen, a una maquinaria legal, trituradora y perfectamente engrasada para destruir vidas, dispuesta a devorarla hasta el tuétano de los huesos, sin la menor compasión humana.
su modesto y resignado abogado de oficio, un pobre hombre demacrado, perpetuamente desbordado de expedientes y carente de cualquier voluntad real de lucha, apenas logró articular una débil y patética defensa formal ante la gigantesca y aplastante montaña de pruebas falsificadas que el fiscal jefe, implacable como un verdugo medieval, arrojó sin piedad sobre los solemnes estrados.
Cada perverso documento contable aportado como prueba irrefutable llevaba la clara e inconfundible firma caligráfica de la acusada. Cada transferencia internacional ilícita a paraísos fiscales había sido meticulosamente realizada desde la dirección IP de su ordenador personal en la oficina, introduciendo pacientemente sus propias claves de acceso privadas.
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