Su voz no fue un grito histérico, sino un susurro bajo, aterciopelado y cargado de una ponzoña tan letal que hizo que los vellos de los brazos de Mateo se erizaran como escarpias.
Era la voz de una matriarca acostumbrada a destruir imperios antes de la hora del té. Mateo, herido en su orgullo machista frente a la atónita mirada de la élite de la ciudad, intentó recurrir a la intimidación, el único lenguaje que verdaderamente dominaba.
No me hables en ese tono, Isabela. Te recuerdo quién soy yo. Te recuerdo lo que pasaste. Y si esos mocosos son mis hijos biológicos, que sé perfectamente que lo son, la ley española me ampara.
Tengo derechos paternos. Exigiré unas pruebas de ADN mañana mismo a primera hora. No puedes aparecerte aquí vestida de condesa, jugando a ser poderosa y ocultarme a mi propia descendencia.
Son mi sangre por el amor de Dios. La mención al todopoderoso en los labios de aquel fariseo encendió una chispa de furia sagrada en el interior de Isabela, pero su rostro permaneció impasible, sincelado en piedra.
Con una lentitud exasperante y calculada que torturó los nervios de su interlocutor, Isabela abrió el elegante bolso de mano de seda negra que llevaba colgando del antebrazo. De su interior no extrajo un pañuelo para secarse lágrimas de debilidad, sino un grueso y pesado documento notarial sellado con las armas de la casa de los de la Vega.
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