con un desprecio mayúsculo, alzó el documento y lo golpeó con un chasquido seco contra el pecho inmaculado del smoking de Mateo, obligándole a retroceder un paso y agarrar los papeles por puro acto reflejo.
Léelo. Si es que los años de robar no te han hecho olvidar cómo se junta el sujeto con el predicado sentenció ella con una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos.
Esa es el acta de filiación legal. y el registro de adopción pleno refrendado por el Tribunal Supremo y blindado por los mejores bufetes internacionalistas del continente. Mis hijos no son el fruto podrido de un cobarde sin agallas.
A los ojos de la justicia divina y de la ley de los hombres, estos dos niños que tienes delante son los únicos, legítimos y universales herederos de la dinastía de doña Leonor de la Vega.
Mateo desdobló las páginas con manos torpes, paseando sus ojos desorbitados por los sellos oficiales y las firmas notariales. Las palabras bailaban frente a su vista nublada, heredero universal, sucesión dinástica, plenos derechos.
El terror absoluto se apoderó de su sistema nervioso central al comprender con una claridad cegadora la monstruosa magnitud del error que había cometido en el pasado. La mujer a la que había pisoteado para salvar unas miserables migajas económicas, ahora era la dueña absoluta del océano entero.
Isabella dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que el aroma de su caro perfume francés asfixió el espacio vital de Mateo. Lo miró de arriba a abajo, diseccionando su miseria moral ante todos los presentes, desnudando su alma negra y dejándola a la intemperie.
Mis hijos no llevan tu sangre, Mateo. Tu sangre es cobardía, es traición, es la inmundicia de quien vende a la mujer que le ama por un puñado de monedas de plata, susurró ella de nuevo, asegurándose de que sus palabras penetraran como dagas oxidadas directamente en el tímpano de su enemigo.
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