Estaba deslumbrante, envuelta en un vestido de alta costura, negro noche que realzaba su figura estilizada, sin escotes vulgares ni transparencias innecesarias. Era la encarnación misma del poder y la elegancia clásica.
Un collar de perlas australianas genuinas descansaba sobre su clavícula, el único adorno de una mujer que ya no necesitaba brillar a través de los accesorios, porque su propia presencia irradiaba una autoridad aplastante.
A su derecha y a su izquierda, impecablemente vestidos con trajes en miniatura, la flanqueaban Diego y Luna. Los niños descendieron los escalones al ritmo pausado y calculado de su madre.
escrutando a la élite madrileña con la misma curiosidad analítica con la que un biólogo observa a unos insectos disecados. La multitud se apartó a su paso como las aguas del Mar Rojo, abriendo un pasillo de pleitesía ante la nueva sarina de las finanzas españolas.
Mateo, que se encontraba degustando un canapé de caviar cerca de la fuente central, se atragantó al verla. La copa de cristal se le resbaló de los dedos, estrellándose contra el suelo de mármol y haciéndose añicos con un sonido cristalino que nadie pareció notar.
El color huyó de su rostro perfectamente bronceado, dejando una máscara de cera pálida y enfermiza. Sus pupilas se dilataron hasta el límite de lo humanamente posible. No podía ser. Su mente lógica, enferma de avaricia, se negaba a procesar la imagen que tenía frente a sus ojos.
Aquella diosa inalcanzable, la mujer a la que todos los banqueros presentes hacían reverencias para saludarla, no podía ser la misma secretaria andrajosa y llorosa a la que él había arrojado a los leones 5 años atrás.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»