No obstante, detrás de esa fachada de ostentación y sonrisas Profident, su realidad financiera era un castillo de naipes a punto de desmoronarse. Durante el último año, una misteriosa firma de inversión, agresiva e implacable, había comenzado a asfixiar a su empresa, robándole clientes clave, bloqueando sus vías de crédito y acorralándolo en el mercado sin que él pudiera ponerle rostro a su verdugo.
Mateo ignoraba en su patética soberbia que el nudo de la orca ya estaba apretado alrededor de su cuello y que la mano que sostenía la soga llevaba guante de seda.
El murmullo general del gran salón, compuesto por risas frívolas y cotilleos de alcoba, se apagó de forma abrupta, casi sobrenatural, cuando las pesadas puertas dobles de caoba tallada se abrieron de par en par.
La orquesta de cámara que amenizaba la velada pareció perder el compás por un segundo. Todos los rostros, cubiertos de maquillaje caro y joyas sostentosas se giraron al unísono hacia la gran escalinata.
En lo alto, dominando la escena con una majestuosidad que cortaba el aliento, apareció Isabela. El silencio que se hizo en la sala fue tan sepulcral que podría haberse escuchado el rose del terciopelo contra el suelo.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»