Isabella asumió la presidencia ejecutiva del conglomerado con una naturalidad pasmosa. Limpió la compañía de parásitos, blindó sus activos y aplicando las lecciones magistrales recibidas en la celda, multiplicó el valor de las acciones hasta convertir a su grupo en el fondo de inversión más temido, respetado y voraz de toda España.
Mientras ella reconstruía el imperio, sus hijos crecían rodeados de privilegios inimaginables, pero criados bajo la estricta y amorosa disciplina de una madre que conocía de primera mano el amargo sabor del fango.
Diego y Luna eran dos criaturas excepcionales. A sus escasos 5 años poseían un vocabulario impropio para su edad y una capacidad de observación clínica. Físicamente eran el vivo retrato del hombre que los había engendrado y repudiado.
El mismo cabello oscuro y rebelde, la misma estructura ósea aristocrática, los mismos ojos profundos. Sin embargo, en el fondo de esas miradas infantiles no habitaba la cobardía de Mateo, sino la nobleza inquebrantable de Isabela y la astucia centenaria de su abuela adoptiva.
Eran dos pequeños príncipes educados para reinar, ajenos al odio, pero plenamente conscientes del inmenso legado que algún día reposaría sobre sus hombros. El escenario para el ajuste de cuentas cármico se gestó durante la gala benéfica más exclusiva del otoño madrileño, un evento de postín organizado en los majestuosos y centenarios salones del casino de Madrid.
La flor inata de la aristocracia, los magnates de la banca y los políticos de turno se congregaban bajo las monumentales arañas de cristal de Bohemia, bebiendo champán francés en copas de bacará y fingiendo una camaradería inexistente.
Entre los asistentes más ruidos se encontraban Mateo y su flamante esposa Valeria. Aparentemente Mateo había alcanzado la cima que tanto codiciaba. Lucía un smoking a medida, un reloj suizo de edición limitada en la muñeca y exhibía la arrogancia típica del nuevo rico que cree haber comprado al mismísimo destino.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»