—Hubo… un error muy grave.
Valeria respiró hondo.
No sonrió.
No se levantó de inmediato.
—No fue un error —dijo—. Fue una decisión.
Se puso de pie.
—Pero vamos. Quiero escuchar cómo intentan explicarlo.
Cuando volvió a entrar, nadie habló.
Las copas se quedaron suspendidas en el aire.
Las sonrisas murieron a medio camino.
Mauricio avanzó hacia ella con una expresión que mezclaba miedo y urgencia.
—Señorita Cruz, permítame ofrecerle—
—No —lo interrumpió ella, con una voz tranquila que heló la sala—. Ya me escuchó una vez. Ahora me toca escuchar a mí.
El notario se acercó y le entregó el expediente.
—Todo esto es suyo —dijo—. Legalmente. Irrevocablemente.
Valeria hojeó los documentos.
Reconoció el apellido.
Recordó a su madre evitando siempre ciertas preguntas.
Cerró el folder.
—Mi madre murió limpiando oficinas —dijo—. Ustedes brindaban mientras ella se cansaba en silencio.
Nadie se atrevió a responder.
—No voy a gritar —continuó—. No voy a humillar. No voy a hacer un escándalo.
Miró a Mauricio directamente.
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