Y algo dentro de ella se quebró… pero no hacia afuera.
No levantó la voz.
No pidió explicaciones.
No dijo su cargo, ni su historia, ni su cansancio.
Simplemente asintió.
Mientras caminaba hacia la salida, escuchó cómo la música subía apenas un poco. Lo justo para borrar su paso. Lo justo para que su humillación no interrumpiera la noche de nadie.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, el aire frío le golpeó el rostro.
Por primera vez, le temblaron las manos.
No de vergüenza.
De rabia contenida.
Dentro, la fiesta continuó… durante exactamente siete minutos.
Hasta que un hombre mayor, de traje gris oscuro y mirada afilada, dejó caer su copa.
—¿Cómo dijiste que se llamaba? —preguntó el notario Hernán Alcázar, con la voz tensa.
—Valeria Cruz —respondió uno de los asistentes—. ¿Por?
El notario se puso de pie.
—¿Quién dio la orden de sacarla?
Nadie respondió de inmediato.
Mauricio sintió un sudor frío recorrerle la espalda.
—Yo —dijo—. No estaba en la lista.
Alcázar lo miró como si acabara de escuchar una confesión imperdonable.
—¿Sabes cuántos años llevamos buscando a Valeria Elena Cruz Montoya?
El murmullo fue inmediato.
—Es imposible —balbuceó Mauricio—. Esa mujer murió… o desapareció…
—No —lo cortó el notario, abriendo un expediente grueso—. Vivió en el anonimato. Porque su madre renunció a todo para protegerla. Y hoy… hoy usted acaba de echar de esta fiesta a la única heredera legal del Grupo Montoya.
El silencio fue brutal.
No elegante.
No educado.
Brutal.
—Tráiganla de vuelta —ordenó Mauricio, ya sin control—. ¡Ahora!
Valeria estaba sentada en la banqueta cuando escuchó pasos apresurados.
—¡Señorita Cruz! —dijo el mismo guardia, ahora sin autoridad—. Por favor… necesitamos que regrese.
Ella levantó la mirada lentamente.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Ahora sí pertenezco?
El hombre bajó la cabeza.
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