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La Echaban de una Fiesta de Lujo en la Ciudad de México… Sin Saber Que Esa Noche Iba a Descubrir Quién Era Realmente

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La música sonaba baja, elegante, casi hipócrita.

En la terraza del hotel más exclusivo de Polanco, nadie hablaba fuerte. Nadie reía de verdad. Cada gesto estaba medido, cada sonrisa era una tarjeta de presentación invisible. Era una de esas noches donde no importaba lo que uno decía, sino quién era uno.

Valeria Cruz entró sin llamar la atención.
Y, sin embargo, su sola presencia incomodó.

No por lo que llevaba puesto, sino por lo que no llevaba:
seguridad heredada, apellido reconocido, la arrogancia tranquila de quienes saben que nadie los va a cuestionar.

Avanzó tres pasos.

—Disculpe, señorita.

El guardia apareció como aparecen siempre las barreras: educado, firme, entrenado para no parecer cruel.

—¿Su nombre?

—Valeria Cruz.

El dedo del hombre se deslizó por la pantalla. Una vez. Dos. Tres.
El silencio empezó a estirarse.

—No está en la lista.

La frase cayó con peso. No fue un golpe seco. Fue lento. Humillante.

—Debe haber un error —respondió ella, sin perder la compostura—. Fui invitada por—

—Las listas no se equivocan.

Alrededor, varias miradas se alzaron. No con curiosidad sincera, sino con esa mezcla incómoda de morbo y alivio ajeno: no soy yo.

Desde el centro del salón, Mauricio Beltrán observó la escena.
No frunció el ceño.
No mostró duda.
Solo hizo un gesto mínimo con la mano.

—Que se retire —dijo—. No armemos un espectáculo.

Valeria lo escuchó.

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