Una familia rara.
De sopa a sopa.
La última vez que Natalia la vio con vida fue un jueves de lluvia.
Le llevó arroz con leche en un traste de plástico.
Doña Elvira tardó mucho en abrir.
Cuando por fin apareció, tenía la cara pálida y los labios morados.
—Déjeme llamar a un doctor —dijo Natalia.
—No, hija. Ya estoy cansada.
—Entonces déjeme pasar. Aunque sea para verla bien.
La mano de la anciana apretó el marco de la puerta.
Sus ojos se llenaron de terror.
No de Natalia.
De lo que Natalia pudiera ver adentro.
—Todavía no —susurró.
Natalia sintió frío.
—¿Todavía no qué, Doña Elvira?
La anciana le acarició la mejilla con dedos helados.
—Cuando llegue el momento, vas a entender todo.
Al día siguiente, una ambulancia estaba afuera del edificio.
Don Chuy, el portero, tenía la gorra apretada contra el pecho.
No hizo falta que hablara.
Doña Elvira se había ido dormida.
En el velorio aparecieron todos.
Los hijos.
Los sobrinos.
Una nuera con bolsa de diseñador y mirada filosa.
Lloraban poquito.
Pero miraban mucho.
Los muebles.
Las llaves.
Los cajones.
El departamento.
Una mujer preguntó:
—¿Quién entraba al 302?
Don Chuy señaló sin querer a Natalia.
—Ella le llevaba comida.
Todas las miradas cayeron sobre Natalia como piedras.
La nuera sonrió con veneno.
—Mira nada más. Qué conveniente.
Natalia no respondió.
No iba a pelear frente al ataúd de la única persona que la había esperado durante 2 años.
Tres días después, el administrador tocó su puerta.
—Natalia, necesitamos vaciar el 302. Usted era la única que la trataba bien. ¿Puede ayudarnos a separar sus cosas?
Ella aceptó.
Subió con el pecho apretado.
La llave giró.
La puerta del 302 se abrió.
Y por primera vez, Natalia entró.
El departamento estaba limpio.
Demasiado limpio.
Había tazas alineadas.
Cortinas cerradas.
Fotos volteadas sobre una repisa.
Una silla junto a la ventana mirando hacia el edificio de enfrente.
Sobre la mesa estaban todos sus trastes.
Lavados.
Guardados.
Etiquetados.
“Sopa de fideo. Primer día.”
“Caldo cuando tosí mucho.”
“Pan dulce de mi cumpleaños.”
“Arroz con leche. Último.”
Natalia empezó a llorar.
Doña Elvira había guardado cada recipiente como si fuera un tesoro.
El administrador señaló el cuarto del fondo.
—La recámara está allá.
Natalia caminó despacio.
La cama estaba tendida con una colcha azul de flores.
Y encima había decenas de sobres atados con listón rojo.
Todos tenían el mismo nombre escrito con letra temblorosa.
Natalia.
Natalia.
Natalia.
Junto a los sobres había una cajita de madera, una llave dorada y una foto vieja boca abajo.
Natalia tomó la foto.
La giró.
Y lo que vio le arrancó el aire.
Era su madre.
PARTE 2
La foto mostraba a Marisol, su madre, sentada en una banca del Parque de los Venados.
Tenía el cabello negro suelto, la cara cansada y una bebé envuelta en una cobijita rosa entre los brazos.
Esa bebé era Natalia.
Detrás de Marisol estaba Doña Elvira, mucho más joven, con una mano apoyada en su hombro.
Como si la estuviera sosteniendo para que no se cayera.
Natalia volteó la foto con dedos torpes.
Atrás, con tinta azul casi borrada, decía:
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»