“Estás exagerando. Este hospital se beneficia enormemente de mis inversiones. Nadie dice nada.”
Chloe sonrió con sorna, quitándose la bata médica para dejar al descubierto un elegante vestido negro. Miró a Vanessa a los ojos e inclinó la cabeza, una amenaza silenciosa.
Pero la enfermera de mayor edad se dirigió sigilosamente hacia la cámara de seguridad, revisando un pequeño dispositivo.
—Está todo grabado —susurró.
La confianza de Chloe se desvaneció. La mandíbula de Ethan se tensó.
—Bórralo —ordenó.
—Eso no es posible —respondió el médico—. Está almacenado en el servidor central.
El dolor de Vanessa se intensificó, pero su mente se agudizó. Se negaba a dejarlo pasar. Instantes después, el llanto de su bebé resonó en la habitación.
Su hijo nació. Vivo. Fuerte.
A pesar de todo.
A la mañana siguiente, la luz del sol inundó la suite privada. Vanessa no había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, revivía la sensación de asfixia, el susurro de Chloe, la indiferencia de Ethan.
La puerta se abrió.
Chloe entró con naturalidad, llevando una taza de café y una tableta.
“Te ves mejor de lo que esperaba”, dijo ella.
—No deberías estar aquí —respondió Vanessa.
—Por favor. Ethan me lo envió —dijo Chloe sonriendo y sacando una caja de terciopelo. Dentro había un enorme anillo de diamantes—. Me lo dio anoche. Quiere que firmes el divorcio en silencio.
Vanessa se sentía mal.
—Casi me matas —dijo ella—. ¿Y encima estás presumiendo de un anillo?
“Los destruiré a ambos.”
Ethan entró, molesto.
—Te enviaré una compensación —dijo—. Dinero, propiedades, lo que quieras. Solo guarda silencio. Si lo haces público, te arruinaré.
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