Esa noche, Stephanie decidió quedarse en el refugio después de que todos se fueran. Necesitaba silencio absoluto. Necesitaba observar sin interferencias. Se sentó en la oscuridad de la sala de aislamiento, con una pequeña grabadora de voz en la mano, simplemente escuchando, esperando. Y entonces, alrededor de la medianoche, cuando el mundo exterior dormía, lo notó.
No era un ruido aleatorio ni caótico. Era un patrón rítmico. Tres gritos cortos y agudos. Uno largo y profundo. Silencio de treinta segundos exactos. Repetición. Tres cortos. Uno largo.
Era un código. Pancracio no estaba gritando al vacío por locura; estaba transmitiendo un mensaje. Estaba llamando a alguien. O a algo. Impulsada por una corazonada que le oprimía el pecho y le aceleraba el pulso, Stephanie entró en la jaula con una linterna de mano. Pancracio la observó, ladeando la cabeza con curiosidad, y por primera vez en días, guardó silencio, como si supiera que ella finalmente estaba prestando la atención adecuada.
Stephanie comenzó a revisar el fondo de la jaula, levantando el papel periódico sucio, palpando cada barrote, cada rincón de la percha de madera. Sus dedos tropezaron con algo duro, frío y metálico pegado con cinta adhesiva industrial en una esquina oculta, casi invisible bajo el comedero de acero inoxidable. Lo arrancó con cuidado, sintiendo el pegamento ceder.
Era una llave. Pequeña, dorada, de estilo antiguo, con una inscripción borrosa. Stephanie la sostuvo bajo la luz temblorosa de la linterna, sintiendo que el corazón le latía desbocado en la garganta. ¿Por qué alguien escondería una llave en la jaula de un loro? ¿Qué intentaba proteger el difunto Don Esteban con tanto recelo? Al levantar la vista y encontrarse con los ojos suplicantes y humanos de Pancracio, Stephanie comprendió que aquella llave no solo abría una puerta física; estaba a punto de abrir una caja de Pandora llena de secretos oscuros y una verdad que cambiaría sus vidas para siempre.
A la mañana siguiente, con las ojeras marcadas como tatuajes en su rostro pero con una determinación de acero, Stephanie condujo hacia el viejo edificio colonial donde había vivido Don Esteban. Faltaban solo doce horas para el ultimátum de Michael.
Logró entrar al apartamento gracias a la casera, Doña Rosario, una mujer mayor y supersticiosa que solo quería deshacerse de los recuerdos del inquilino fallecido para poder alquilar de nuevo el lugar. El apartamento olía a encierro, a polvo antiguo y a secretos no dichos. Mientras Stephanie recorría la sala, notó algo extraño que la policía había pasado por alto: en el rincón, había marcas en el suelo. Marcas de tres jaulas grandes. Pero solo habían encontrado a Pancracio.
Siguiendo su instinto, Stephanie movió un pesado mueble librería. Detrás, encontró una pequeña caja fuerte empotrada en la pared, camuflada tras un papel tapiz desgarrado. La llave dorada encajó perfectamente en la cerradura con un “clic” satisfactorio. Dentro no había dinero, ni joyas. Solo había un álbum de fotos viejo y una carta sellada con cera.
Stephanie abrió el álbum con manos temblorosas. En la primera imagen, un Don Esteban mucho más joven sonreía a la cámara en medio de una selva tropical costarricense. Pero no tenía un loro en el hombro. Tenía dos. Dos guacamayos idénticos, azul y dorado, posando mejilla con mejilla, entrelazando sus picos en un gesto de intimidad inconfundible, casi humano. Al darle la vuelta a la foto, leyó la inscripción escrita con tinta desvaída: “Pancracio y Ari – Un solo corazón, dos alas. 2015”.
—¡Dios mío! —susurró Stephanie en la soledad del apartamento—. Son pareja.
Todo cobró sentido de golpe, como un rompecabezas emocional que se arma solo. Los guacamayos son animales estrictamente monógamos; se emparejan de por vida. El vínculo que forman es tan fuerte, bioquímicamente tan potente, como el matrimonio humano más devoto. Si los separas, sufren una angustia física y mental devastadora que puede llevarlos a la muerte. Pancracio no estaba loco; estaba desesperado. Sus gritos —tres cortos, uno largo— eran un llamado específico, un nombre. Estaba gritando el nombre de su esposa.
Entonces abrió la carta. La letra de Don Esteban era temblorosa, escrita días antes de su muerte. “A quien encuentre esto: Mis sobrinos solo quieren mi herencia. Sé que cuando yo muera, venderán a mis aves por separado al mejor postor. He escondido a Ari, mi niña preciosa, en el sótano del refugio municipal del sur, bajo el nombre falso de ‘Lola’, pagando a un guardia corrupto para que la mantenga oculta hasta que yo mejore. Si estás leyendo esto, es que he muerto. Por favor, no dejes que mueran de soledad. Júntalos. Es mi última voluntad.”
El refugio municipal del sur. El lugar más lúgubre de la ciudad, conocido por ser un corredor de la muerte para animales no reclamados. Stephanie miró su reloj. Le quedaban seis horas antes de que Michael sacrificara a Pancracio. Pero ahora sabía que el problema no era médico. La cura de Pancracio estaba encerrada en una jaula al otro lado de la ciudad.
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia su coche. Lo que estaba a punto de hacer podría costarle su licencia veterinaria, su trabajo y tal vez una demanda por allanamiento, pero no le importaba. Iba a robar un ave.
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